viernes, 16 de enero de 2009

Turismo invertido

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Yo no sé por qué será, pero hay que ver que la gente se obsesiona con practicar un turismo invertido desde Cuba y hace lo indecible por superar el Síndrome de Piñera una y otra vez, una y otra vez, con lo bien que se ha vivido allí desde que llegó la Revolución y haciendo uso de una libertad tan, pero tan excesiva que te paraliza al hablar como si aliento y palabras fueran enormes carámbanos que, una vez que te salen, no puedes ya nunca más cerrar la boca.

No sé tampoco por qué idiotez mía —una paranoia absurda, un desatino de los sentidos—, no debo dar nombres. Un día, no hace tanto, el protagonista de esta insignificante historia tuvo la estúpida ocurrencia de irse a Estados Unidos. Se subió a un bote que violó las aguas jurisdiccionales cubanas también a la inversa, pero fue empujado por las traicioneras corrientes del golfo y empujado a un bojeo por la costa sur para terminar casi por la Península de Guanahacabibes. Los atentos y valerosos guardafronteras le apresaron y al cabo de unos días en un sitio de detención le liberaron y le pusieron en camino con la misma ropa raída y los apenas zapatos que habían sobrevividos, como él, a la experiencia marítima. Gracias a la ayuda y lástima de camioneros y gentes del camino llego al otro extremo de la isla, donde vivía.

Al cabo de un tiempo, un familiar suyo en el Imperio Criminal y Cruel comenzó a hacer gestiones que ya no son ni siquiera gestiones sino simplemente dinero que hay que pagar a terceros (entre los que se encuentran, claro está, avispados militares isleños que pueden hacer grande como la realidad el detalle del deseo) para salir a través de otro país.

Pero el protagonista de mi historia no pudo esperar y, sin importarle lo que ya había pagado su familiar que es un simple trabajador en el otro gran país, zarpó de nuevo (claro, previo pago del paciente familiar ya casi en banca rota). Esta vez se perdió su rastro hasta que se supo que lo habían abandonado en una isla desierta y tuvo que matar culebras para sobrevivir (nada peligroso por otra parte pues, como se sabe, las culebras son altamente recomendadas para llevar una sana dieta mediterránea), y hasta sufrió de deshidratación (lo que tampoco es tan terrible pues así se ahorra el pasar por el gimnasio más tarde cuando ya esté enganchado a la cochina vida burguesa).

De esa isla le llevaron a la isla mayor, que tiene capital y todo, y hasta paraíso fiscal. Lo volvieron a encerrar en una casa de detención. Su familiar voló desde el gran país al pequeño, provisto de mucho dinero prestado para hacer entrar en razón a las personas que le custodian. Allí le hará pasar jabón, ropa y comida en recipientes de plástico. Sabe que ahora puede comenzar una batalla infinita. Al protagonista le pueden retener durante meses o años.

En fin, como veis, la juventud está perdida.

© 2009 David Lago González

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