jueves, 15 de enero de 2009

KARIN ALDREY - Sobre la muerte de un demente

 

Yo quería que se muriera, pero no ahora, sino hace mucho, mucho tiempo atrás. Lo quería muerto cuando mi Central se vio invadido por unos barbudos extraños, con pinta de forajidos mataindios, y tuvimos que aprender a hablar en voz baja. Lo quería muerto cuando el divorcio por causas políticas nubló mi hogar. Lo quería muerto cuando a mi padre se lo llevaron una madrugada bajo los cargos de alta traición, delito que sin ser argumentado con pruebas fehacientes, lo confinó a nueve años de prisión en las mazmorras de la cárcel de Boniato. Más lo quise muerto cuando aquél hombre alto, de ojos claros y hermosos, alegre, dicharachero, me lo regresó el tiempo con el pelo blanco, el cuerpo esquelético,  la mirada perdida, los riñones hecho polvo a causa del maltrato y el hambre.

Lo quise muerto cuando me internaron en una beca inmunda donde las makarenkos, la nueva Gestapo del submundo, me avasallaban con sus arengas y sus alaridos de histéricas rabiosas. Lo quise muerto cuando me llevaban como ganado a recoger café en las montañas con apenas 13 años de edad. Lo quise muerto, enterrado, comido por los alacranes y las alimañas, cuando mi adolescencia se vio entre rejas -espantoso lugar Empedrado y Monserrate. Lo quise muerto, fuera del único mundo que conocía hasta entonces, cuando me sentaron en una calle habanera para que como a María Magdalena, me apedreara la chusma y recibiera mi merecido por ser extraterrestre.

Lo quise muerto cuando mis amigos desaparecían en el océano, ametrallados o ahogados, cuando los encerraban en la UMAP o les bajaban los pantalones en los carnavales para saber bajo qué atrevida indumentaria ocultaban sus penes. Lo quise muerto cuando los perseguían por no querer ir al Servicio Militar Obligatorio, cuando los arrojaban a las celdas cubiertas por el mar, plagado de tiburones, en ese infierno que fue el Morro, y cuando los hacían trabajar en granjas al otro extremo de la isla para que sus familias no pudieran ir a visitarlos.

Lo quise muerto cuando me impidieron estudiar y mis tardes se limitaban a escuchar desde mi encierro de “prisión domiciliaria”, las estaciones americanas que  se filtraban por el radiecito ruso que mi madre se había ganado en el trabajo por romperse el lomo. Lo quise muerto cuando los Comités de Defensa de la Revolución, nos denunciaba por peligrosidad social, y cuando me citaban de la Seccional para prohibirme acudir a las actividades públicas como los carnavales o los festivales de música.

Lo quise muerto, con la boca cocida y el estómago perforado, cuando veía a mi madre taparnos con las colchas raídas y hacer colas kilométricas en el Copelita, para traer helado y así poder hacernos chocolate caliente en las noches invernales. Lo quise muerto, atravesado por puñales, violado por el trasero en cuatro patas, cuando por falta de ambulancias mi madre muere a destiempo y mi hermana fallece por negligencia médica y mal diagnóstico en un hospital.  Lo quise muerto, hecho pedacitos, convertido en ceniza, cuando tuve que cerrar los ojos y emigrar, dejando detrás las calles de mi ayer envueltas en la bruma de la resignación.

Ahora no quiero que muera, quiero que esté vivo para que sea juzgado en esta tierra, para que sea humillado, ultrajado, desvestido y torturado, aunque su demencia no le permita comprenderlo ni sentirlo.

© 2009 Karin Aldrey

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