viernes, 19 de diciembre de 2008

ESTA MAÑANA

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italiana

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Es verdaderamente gratificante contribuir a la felicidad de una persona, o de varias. Esta mañana fuimos a recibir a la familia de mi amigo brasileño: su mujer y sus dos hijos. Han sido cuatro años de mantener mi palabra por encima de todas las cosas, y el resultado fue presenciar el gran abrazo que se dieron todos.

No pude evitar las asociaciones. Y también algunos recuerdos: una cierta expresión de perplejidad, miedo y esa pregunta sin respuesta sobre el futuro que vi en el rostro de mi madre una fría mañana del mes de marzo de 1982. El terror a lo desconocido, a las caprichosas vueltas de la suerte. Mi propia sensación de percibirlo todo en un formato panorámico, como de cinemascope. Y un sentido exacerbado de precisar en todo, en las cosas y en el mismo aire, una limpieza que me era desconocida.

No sé qué causas y consecuencias pesan más en la vida de un hombre. Indiscutiblemente conozco, por experiencias ajenas, la cicatriz de la miseria en la infancia. Y cuán relacionada está esa marca en lo social y en el desarrollo personal. En el caso de los cubanos —aun en aquellos que no lo admitan por deseo expreso o porque ni siquiera se han dado cuenta— se añade el componente político. En mi caso —y quisiera verdaderamente no equivocarme al extenderlo a la mayoría—, también el componente ético y el afán constructivo o reconstructivo que nos haga mejores personas. De cualquier forma, sé lo que nadie me tuvo que advertir ni enseñar por haberlo respirado desde que nací en el seno confluyente de familias trashumantes: que emigrar es la última carta de la baraja.

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(Madrid, 19 de diciembre de 2008)

© 2008 David Lago González

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