domingo, 21 de septiembre de 2008

JUSTICIA POÉTICA (“Las perlas del burdel” o “El burdel de las perlas”)

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Existen subjetividades adquiridas tras el paso y el peso de la historia y el tiempo —en fin, las circunstancias de cada momento— que van infiltrándose en el individuo y mutándose en algo parecido a un rasgo genético más. Eslabones que realmente no tienen nada en común con el ADN y que escapan, incluso, a condicionantes socioculturales, redondean el carácter de una persona.

Por ejemplo, quiero llamar la atención en cómo influye el pasado político de un país-sociedad sobre sus ciudadanos muchos años, siglos, después de que la realidad de ese país le ha hecho devenir en otra categorización. La fuerza de un pasado imperial, la arrogancia, el orgullo de haber sido una potencia, aun cuando ello en fin de cuentas, mirándolo desde una óptica actual, pueda resumirse en despotismo y feudalismo, son abalorios humanos que escapan a casi toda comprensión. Ahí tenemos a la Gran Madre Rusia que sólo ha abandonado su altivez zarista durante la glasnot y la perestroika y el desorden y la confusión que siguió al derrumbamiento del comunismo convencional, disfrazándola con el Poder de los Soviets durante largos 70 años. Hasta personajes de tan enorme peso como Aleksandr Isáievich Solzhenitsin —que no nos abrió las puertas de los gulags pero sí fue prolijo en los lamentables detalles de esas reservas condensadas del horror—, manifestaba públicamente su simpatía hacia Vladimir Putin como actual Zar de Todas Las Rusias, sirviéndole con la dedicación de un siervo de espaldas a los desmanes de su señor. Claro, uno no nació en un imperio derrotado y humillado por el proceso y el avance de la imparable historia, y a mí particularmente se me escapa en qué puede consistir y cómo se siente —y cómo sabe uno que lo siente— el orgullo imperial, porque los que nacimos en colonias, y sobre todo en aquellas colonias que ni siquiera tienen un pasado pre-colombino imperial como es el caso de Las Antillas, carecemos hasta del sentido indigenista que mantienen países como Méjico, Perú o Bolivia. Somos —o soy, al menos— incapaces de sentir nada parecido, y por ende tampoco tenemos, en nuestro caso particular, el sentimiento y la actitud de mansedumbre de esos pueblos largamente vapuleados, precisamente, por los desmanes de los imperios que les vencieron y sucedieron y que ya, tras siglos de guerras, particiones y nuevos repartos de fronteras y territorios, han dejado de tener el poder real que una vez ostentaron. Pero no han abandonado su poderío porque ya ese porte, presunción, garbo, gallardía, prestancia, ha pasado a formar parte de su sangre y de sus genes (y nótese que solamente he utilizado palabras amables, pero que no por ello olvido que también poseen otros rasgos más altivos).

He citado a Rusia (incluyendo en ella la etapa rebautizada como Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), pero no olvido a mi país España, profundamente traumatizado por el quiebro con que se cerró su vasto imperio trans-atlántico, doble y terriblemente humillado por los bríos de una nueva potencia emergente, vulgar y bastarda, que pasó de colonia a imperio antes de que pudieran darse cuenta. Imperdonable asunto. Creo que todavía no acaban de creérselo del todo. Para desgracia nuestra —y mía, también como cubano— el resquemor, resentimiento y eterno enfrentamiento entre vencido y vencedor nos atañe tan directamente que nunca han podido olvidar, ni comprender mucho menos, que a nosotros nos trae al pairo ser La Perla o El Burdel de uno o de otro si al fin y al cabo siempre vamos a ser de alguien. Este maltrecho orgullo imperial español ha devenido en un paternalismo que retomó Franco re-activándolo a partir del triunfo de La Revolución con su colega militar de ultramar, y re-embellecido a partir de la transición y con distintas variantes de color pero utilizando siempre la misma seda durante el resto del tiempo que llega hasta hoy.

La contrapartida, los side effects que en América Hispana crearon siglos de servir como cuerpo de expolio han sido la sub-estimación de nuestras naciones y el mal endémico de ver en nuestros países al arribar al poder como aquel mismo lugar insignificante que sólo se utilizaba para despojarlo de sus riquezas. Sí, todo eso revestido de todos los “ismos” habidos y por haber, menos el geográfico que es el único real. Los demás, excusas para encubrir desatinos y ese triste complejo de inferioridad que nos dejaron siglos de conquista, colonización y, sobre todo, repito, expolio imperial español. ¿Pueden entender ellos por qué históricamente en las altas estancias políticas hispanoamericanas se han sucedido caciques, caudillos, dictadores, tiranos, fascismo-nazismo-comunismo y hasta ya por último la más barriobajera imagen de latin macho-cantante-pastor bíblico televisivo y militar paternalista? La consecuencia acumulada de la colonización. Sólo somos una “raza” que principalmente provenimos de la arrogancia europea: la otra cara de la moneda, lo que sembraron y lo que se recogió porque durante esos primeros siglos no existió nunca una emigración de construcción, un propósito inicial de asentamiento. Todo está en la sangre, en los genes también.

¿Y qué respuesta le damos —más allá de las obvias— a esta oleada que no cesa, este tsunami humano de descamisados en busca de un bienestar del que históricamente les corresponde alguna porción? He oído que hay un término anglosajón que es, incluso, bonito: poetic justice.

© David Lago González, 2008.

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