domingo, 8 de noviembre de 2009

MOLESKINE dominical

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BERLIN Muro 000

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(donde hablo de El País y el país, del Muro de Berlín, del fin del comunismo y de la necesidad de quien escribe de tomarse un “break” en el mantenimiento de sus blogs)

El País hoy viene cargado. Parece dar una de cal y otra de arena. No creo realmente que sea imparcialidad ni honestidad informativa, sino más bien un fiel reflejo de los tiempos que vivimos en los que todo se da por aceptable, a excepción de la Iglesia Católica y el Nazismo (y cualquier cosa considerada “fascismo” por personas que no creen necesario incluir en esos “ismos” al comunismo). Es un tiempo donde todo el mundo habla de democracia y libertad, incluso desde la misma negación de las dos. Es un tiempo de crisis, no solamente económica. Inocencia, cinismo, oportunismo, ingenuidad, igualdad, exclusión, y cientos de hierbas más, parecen darse la mano, por lo que resulta difícil medir el grado de hipocresía. Hipocresía ¿consciente o inconsciente? Incluso ¿irracional? Declaro que me siento abrumado.

Eso es parte de El País. A continuación de la primera plana, se despliegan dos páginas completas dedicadas a la vida cotidiana del Fidel Castro retirado a un complejo (sin complejo) llamado Punto Cero (¿algo en común con la Zona Cero o pura consecuencia de la globalización, gracias a la cual puedes comprar la misma variedad de orquídeas en Madrid, Philadelphia o Tokio?). En la tercera página, una columna sobre una golpiza a Yoani Sánchez. Más adelante, prostitución, delincuencia y menudeo de droga en las calles aledañas a la Gran Vía madrileña, con la misma impunidad que en los años 80 (justamente anoche recordaba yo esto con mi familia brasileña, mientras nos dirigíamos al Barrio de las Letras). Y, además, lo que parece ser un interesante y nutrido dossier sobre la caída del Muro de Berlín y la unificación de las dos Alemanias. Habrá que leerlo todo, aunque confieso que las dos páginas escritas por Mauricio Vicent se me resisten.

El país —me refiero a “mi” país, España, donde llevo ya viviendo casi la mitad de mi vida— y, más concretamente, Madrid, siguen el mismo curso de lo descrito en el párrafo anterior pues realmente no sé cuál es reflejo de cuál o de qué. En la cafetería del barrio a la que suelo acudir siempre (y que antes fue un antro famoso de la bohemia porrera y heroinómana llamado El Bulli) logré arrinconarme en una mesa a la entrada, al lado de una familia alemana de tres personas (madre, padre e hija). Eso y toda la barra de por medio logró protegerme de los ducados y los fortunas y el apestoso y agobiante humo que espero y confío que nuestra actual Ministra de Sanidad tenga a bien eliminar con mano de hierro (es posible que si lo logra, me convierta entonces a la religión del PSOE en agradecimiento por tal hazaña), pero resultó que la mesa donde desayunaba y repasaba El País (desde el país) había estado ocupada por dos sujetos que —se descubrió después— habían robado el bolso de la alemana madre, con su pasaporte y demás cosas. Realmente me dio tanta pena y sentí tanta vergüenza que les pedí perdón como español por lo que les había sucedido, y estuve a punto de pagarles la consumición —detalle que no tuvo en cuenta el dueño del local— para que se volvieran a Alemania con una especie de pequeña compensación por los daños sufridos en España. Desgraciadamente, mi economía no está para esos menesteres y tengo que preocuparme por comer mañana y pagar las deudas y los gastos del mes.

De vuelta a casa me puse a escribir estas reflexiones. Estoy tan seguro que muchos de los que festejan ahora los 20 años de la caída del muro de Berlín y les sigue pareciendo horrible la invasión soviética que terminó con la llamada “primavera de Praga”, también festejan que la isla de Cuba siga siendo un baluarte del comunismo y que la imagen de sus intocables artífices (Fidel Castro, Ernesto “Che” Guevara, antagonistas entre sí) sea eternamente venerada. ¿Hipocresía? ¿Confusión? ¿Inocencia? ¿Un virus lobotómico? Qui lo sait?

Busco entre mis textos lo que escribí referente a un trayecto en taxi que hube de dar por aquellos días y que retrata la consideración popular española sobre esos hechos y la conexión con nuestra (como cubano) historia reciente. Pondré link o lo reproduciré literalmente, aunque creo que ya fue colgado en el Penthouse de Heriberto (http://theplacewherenothingisreal.blogspot.com/2009/02/iracundia.html).

Hace veinte años visitábamos casi a diario a mi amigo Rogelio Quintana, por entonces internado en una clínica a las afueras de Madrid. Yo iba por mi cuenta, pero también alquilábamos un taxi y nos trasladábamos con mi madre y mi compañero de entonces, y pasábamos allí las tardes dominicales. Recuerdo el entusiasmo de una amiga de Rogelio (una chica muy joven que creo que era hija de padres cubanos), con el conteo de las noticias que en tiempo real se sucedían atropelladamente. Inconcebiblemente. Recuerdo que mi sentimiento era una rara mezcla de extrañamiento, perplejidad, tristeza y alegría, e incertidumbre, y miedo, mucho miedo; seguía sintiendo mucho miedo porque todo, de alguna manera, volviera al punto inicial en que por hastío la gente se había puesto a caminar hacia occidente, no sólo desde Berlín sino desde todo el este europeo. Miedo por lo que tiempo después pasaría con el intento de golpe de estado de los coroneles soviéticos y el secuestro de Míjail Gorbachov (y que, felizmente, diera paso a aquel loco maravilloso de Boris Yeltsin subido a un tanque, que con posterioridad llevaría a cabo la idea más brillante de la segunda mitad del siglo XX: la prohibición del comunismo, y que, por desgracia, poco tiempo duraría en activo). Por entonces, escribí un poema cuya versión final terminó incluida en La Resaca del Absurdo (libro publicado por Editorial Betania, Madrid 1994) y, no sé por qué razón, yo, que no soy arenista ni amigo ni especial admirador ni lo considero el más genial escritor cubano, pensaba en Reinaldo Arenas mientras hacía ese poema, este poema que ahora copio aquí:

1984 revisado

Si el pulso de la vida finalmente volviera a vibrar

bajo los mismos acordes que conocíamos antaño

y recobrara también nuevamente la ilusión y el desdoblamiento.

Si volviéramos a dominar las palabras,

a meter los gestos en una saca oscura y a pensar

que, de mostrarlos a la luz, se convertirían en blancos conejos

con ojos de rubí que correrían libremente lejos de nuestras manos,

que para ellos representan el rigor de un guardián

que vigila noche y día el cosquilleo de sus hocicos,

el sospechoso nerviosismo de sus patas,

la escurridiza y por tanto oscura y peligrosa mirada

que atraviesa los alambres de cientos de jaulas

apiladas ordenadamente desde la tierra al cielo

a todo lo largo y ancho de la infinita taiga de nuestro mundo.

Si volviéramos a ser nuestros propios carceleros,

o criticáramos otra vez nuestra desmedida costumbre de soñar

o ese mal hábito al caminar teniendo en cuenta que no dejamos caer el talón

lo suficientemente fuerte sobre el pavimento, hundiendo el asfalto si es posible,

como si nuestros pies fueran orugas de tanques,

maquinaria pesada también con corazón pesado —recordar el Kral Majales*—

que acaricia nuestro pecho con pólvora protectora.

De nuevo cometeríamos el patético error de pensar

que la libertad es algo mágico, trágicamente poético,

y no un simple pestillo para que el coneja salga de su jaula

mientras lobos y comadrejas acechan sus leves y siempre dudosas pisadas.

Y creeríamos una vez más que con la libertad basta para ser felices.

Volveríamos a ser niños extasiados ante un artilugio

que al colocarse sobre el papel escribe nuestros nombres,

y eternamente jóvenes, envejecidamente jóvenes,

melodías que son sólo fondo recobrarían la superficie

y serían más vitales y definitivas que la vida y la muerte.

Incluso volveríamos a ser poetas y cada verso tendría el encanto

de la sangre contenida, de un amor no declarado,

de una palabra que en realidad quiere decir otra,

y nuestra vida levitaría entre la magia y el cataclismo,

entre nuestro hermoso, escondido y tembloroso corazón

y la mediocridad y el aburrimiento que estampa sellos

en nuestros imprescindibles papeles oficiales.

Ocultaríamos los libros prohibidos para pasarlos de mano en mano

como si deleitáramos cómplices opios,

y al cerrar nuestros ojos —y aún con ellos bien abiertos,

si sólo nos separáramos un poco de la manada—, viajaríamos tanto,

tan atribulada y vehementemente,

desde Venecia a Pasadena, desde Lisboa, Madrid, Paris,

hasta el fin de todo mundo imaginable,

como unos sempiternos turistas despechados por el transcurso de la historia,

que ningún otro viaje real jamás podría comparárseles.

Y si alguna vez el pulso de la vida volviera a quedar sin control

y la libertad perdiera su magia y se convirtiera en algo despiadado

y tuviéramos que llegar a ser una sola y única persona

que dijera lo que piensa e hiciera lo que pudiese,

entonces, en el momento más inesperado,

en el día en que nos dejemos fluir como un río

de aguas que candorosamente han creído haber olvidado,

nos volvería, como la resaca del absurdo,

un sabor amargo por el que sabríamos

que nunca jamás podríamos igualarnos a la liebre del campo:

nosotros, patéticos conejos que una vez fuimos enjaulados.

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(Madrid, 19 de agosto de 1991)

© 1991 David Lago González

*Allen Ginsberg

-o-

Y, por último, con este “moleskine dominical” u “hoja pastoral”, como quieran llamarle, aviso que preciso retirarme un tiempo del vicio de los blogs (El Penthouse de Heriberto y Strawberry Fields Forever) para poner en orden mi casa, mi vida, mis pensamientos, mis lecturas y mi necesidad urgente de escribir otras cosas. Con los blogs practico una especie de “onanismo creativo” que me exige complacerme antes a mí mismo dando un resultado de texto, imagen y presentación que nos satisfaga mejor a todos. Y tanto una cosa como las otras ocupan una misma cantidad de tiempo.

© 2009 David Lago González