sábado, 4 de julio de 2009

El comedor de refugiados de la calle de Canarias

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Por el tiempo en que llegamos a Madrid coincidimos con la oleada de iraníes que huían de la revolución islámica.  No se cuántos de ellos han permanecido en España y si a todos les fue concedido el status de refugiado político.  Por aquel entonces, recién comenzada la consolidación de la democracia española con la victoria aplastante del partido socialista en las urnas, las autoridades correspondientes, el acnur y las distintas organizaciones que intervenían en una decisión como ésa, eran mucho más proclives a tener cierta comprensión, tal vez porque España no había olvidado aún lo suficiente que gran parte de sus ciudadanos pasaron por iguales vicisitudes y que recién había sido un país de emigrantes, primero hacia las Américas y luego hacia Europa.   Aunque sin contar con datos estadísticos ni zarandajas de ese tipo, la realidad que creo haber vivido fue ésa, pésele a quien le pese; y para los cubanos en particular nunca fue mejor en magistraturas del gobierno de José Mª Aznar.  Aunque yo nunca pedí asilo político, lo sé por experiencia cuasi-propia.  Eso no fue óbice para que en momentos tan dramáticos para nosotros como la toma de la Embajada del Perú en La Habana y el éxodo de El Mariel, los alrededor de 250 escogidos por el gobierno español, fueran recibidos en el Barajas de 1980 bajo otro acto de repudio, esta vez  de alpargata y pandereta, al grito de "¡Chorizos fuera!" "¡Escoria fuera!" y "¡Aquí no os queremos!"

Si mal no recuerdo, a los iraníes no les gritaron.  Volviendo a ellos, el punto en que la vida nos reunía era un comedor para refugiados que estaba y sigue estando en la calle de Canarias, creo que en el número 5.  La mayor parte eran jóvenes y hombres, estudiantes universitarios.  Los dos grupos mayoritarios en aquel local amplio, encalado, con auto-servicio, éramos iraníes y cubanos, los polacos llegarían después.  Tanto ellos como ellas, en menor proporción, era gente hermosa, y las mujeres llevaban el lustroso y suelto, en una justa iguala de libertad y belleza.

A mi amigo Rogelio (Quintana), que había llegado un mes o dos antes que yo, le confundían con un iraní.  Aunque no llevara barba, Rogelio es del tipo de hombre cuya barba siempre se ve en sombra y casi brotando, y su pelo era rizado y muy negro.  Nos desternillábamos de la risa cuando la directora del comedor le explicaba, en voz muy alta, separando bien las silabas y acompañándose de una mímica casi histriónica, lo que tenía que hacer y cómo debía hacer y por dónde debía comenzar el recorrido del plate para recibir los alimentos.  Rogelio, que habla muy bajito y casi como rezando, le decía que sí, que él lo entendía todo; pero nunca hubo manera que aquella mujer se diera cuenta de la verdadera procedencia de mi amigo.

El mundo ha cambiado desde entonces.  No creo que en este momento, con un potencial refugiado iraní se mantenga la misma disposición.

(C) 2009 David Lago González

3 comentarios:

Carmen Rivero dijo...

Hola David, ya me estoy imaginando la escena de la mujer gritando...tu riéndote...y tu amigo resignado...de película.
Buen fin de semana
Besos

aserecubano dijo...

cierro los ojos y me imagino el drama.
Tu coger por aquí señor, y tu colega diciéndole pero señora si yo soy de mariano. jajajajaja.
Muy bueno tu post.

David Lago González dijo...

Tal como lo habéis imaginado, así fue.
Saludos.
David