sábado, 26 de abril de 2008

La vida en el laboratorio (¿Agotamiento o entrenamiento?

Este texto fue censurado por los editores de La Peregrina Magazine para el número sobre "pensamiento cubano" por considerarlo demasiado "pesimista" (dejo al lector la valoración de esta opinión). La Peregrina Magazine es una revista digital dirigida por mi amiga (y soulmate) Karin Aldrey, a la que pertenezco y con la que colaboro desde prácticamente sus inicios en Marbella, España. No sé si al ostracismo acostumbrado, deba añadir el título nobiliario de "censurado en la otra Cuba", mas, sea lo que fuere, es significativo de que la verdad por lo general no es bien recibida en ninguna parte. Finalmente, el texto fue publicado (y pagado) en la RHC. (Nota del blogger y autor)





Aprendes a moverte por el mundo de la censura sin perder el equilibrio, y tú, desdichado, lo tomas entonces por un juego divertido. A veces te dan palmadas en el hombro por tu “valentía”.

Aun así, no diría que emprendí abiertamente el camino de la rebelión, pues nunca había sido yo un espíritu rebelde; sólo aumentó mi asco. Sí, el asco se encargó del resto. Quien no ha vivido en el mundo de las causas ininteligibles, quien no se ha despertado nunca con el sabor de este asco en la boca, quien no ha sentido nunca cómo se extiende por su organismo y lo domina, por último, esta epidemia de la impotencia universal, no sabe de qué estoy hablando.


Imre Kertesz




Establecer márgenes generacionales para lo que en este texto intentamos dilucidar es algo sumamente difícil. Los números ofrecen una perspectiva demasiado rígida y esa rigidez se adapta mal a la evolución creativa, y también a la propia involución del creador cuando su vida y sus circunstancias, independientemente de las generales, transcurren íntimamente ligadas a su posición y proyección éticas. Vida y obra se encuentran entrelazadas, sobre todo en el caso de los poetas, pues la una y la otra se alimentan entre sí, se reflejan una en otra y casi llega a suceder esa simbiosis que se da caprichosamente entre los perros y sus amos: ambos terminan pareciéndose, si no fusionándose, sin poder determinarse a posteriori quién fue el primero en asemejarse al otro.

Tal vez por eso quizás sería mejor proponer una barrera, una línea divisoria que, aparte de la edad de las partes concurrentes, establezca esa aproximación a la diferenciación que se escapa a lo generacional cuando el creador —y especifico, creador— es un ente que, aún inconsciente o subconscientemente, trata siempre de superponer su albedrío a las reglas de mercado, a las normas de conducta, y/o a los intereses políticos.

En la medida de la obviedad, el año 1980 en Cuba constituye una buena y palpable referencia para establecer diferencias, definiciones y prolongaciones, ya sea de forma general o en el caso particular que nos ocupa. Hay un antes y un después del año 80 con su cascada de acontecimientos limítrofes: trágicos social y físicamente; bochornosos en lo ético-social; ominosos en lo humano, y también reconfortantes; definitorios en el compromiso personal de cada cual consigo mismo. El mes de abril fue nuestra Noche de los Cristales Rotos, por la que desfilaron, con el desorden que caracteriza a esas latitudes, las más bajas pasiones. Incluso, de manera institucional hay muchas cosas que antes de esa fecha eran tratadas de una forma y, después de mayo del 80, pasaron a ser tratadas de otra: por ejemplo, la consideración y correctivo político o delictivo de muchos actos (escapar del país cruzando el estrecho de La Florida, comprar carne de contrabando, hablar mal de la Revolución o de alguno de sus dirigentes, etc.)

Partamos la Revolución a la mitad. En esos primeros 25 años guillotinó muchas maríaantonietas y los bucles quedaron a la deriva, rodando desordenadamente por el suelo. Partió por la mitad muchos conceptos y formas de ser y estar, ideas y gestos en los que habíamos nacido y crecido antes de la Revolución, y que conformaban en nosotros “el fuerte” en el que se apoyaba o se apoyaría lo que luego seríamos, el sustrato del que, de una forma u otra, floreceríamos, o del que floreceríamos en una forma o en la otra.

Una forma era mantener nuestra esencia personal e individual, nuestra libertad a decidir en cualquier aspecto de nuestra vida, nuestra innegable e irrefrenable necesidad de selección y nuestra exigencia por determinar, establecer, fijar, definir –es necesario que los mencione todos, aun cuando resulte cansino y repetitivo–, sentar, adoptar, optar, elegir, tomar e incluso, si podíamos, declarar el YO que había en nosotros, por encima de ese todos, cuba, revolución, pueblo, unidad, antiimperialismo y gran etcétera del colectivismo que nos tragaba, nos anulaba y quería sustituir lo natural del ser humano con la imposición de unos excelsos valores de hojalata, plomo y manual para principiantes. Lo logró: nos tragó. Y después de digerirnos, nos devolvió al exterior. Y somos lo que somos, final de algo que nadie gusta de reconocer, o que alimenta y mantiene a algunos otros.

La otra (forma) era capitular ante el aplastante poder de la fuerza, ante la subyugadora fuerza del poder, y ser brizna arrastrada u ola de esa corriente, llevándonos a nuestro paso cualquier cosa, impedimento o no, que encontramos en el camino. Y ambos, La Revolución y nosotros, lo logramos, cada cual en su medida: ella nos tragó, nosotros nos creímos que nos la habíamos tragado. Y después de digerirnos, nos devolvió al exterior. Y somos lo que somos, y por mucho que nos reciclemos siempre vamos a ser lo que somos.

Quizás hay un punto intermedio entre las exposiciones de los dos párrafos anteriores: el que se lo creyó y/o el que quiso, ha querido y quiere dar la imagen de que se lo creyó. Esta proyección va acompañada de una entelequia: las ideas son puras y no traicionan, son las bocas y las manos las que tuercen estas ideas al ejecutarlas. Pero, no obstante, las ideas las genera el hombre, no son una suerte de milagro. Incluso la Biblia fue escrita por los hombres, no la escribió Dios.

En un estado totalitario y represivo, sutil o brutalmente, lo anteriormente dicho se materializa, pues, en tres clases de individuos: el consecuente consigo mismo, el arribista, y aquel otro que, llevado por el humano afán de subsistir, accede íntimamente a ceder parte de sus convicciones a favor de una proyección pública que lo contradice pero que le resulta tolerable porque puede sobrellevarla con una cierta asepsia. El problema es que el tiempo avanza, los años vuelan y las dictaduras –específicamente aquéllas de las que podemos hablar por haberlas conocido, las comunistas— exigen cada vez más terreno individual a favor suyo. Cuanto más avanzan en el tiempo, más viscosas y enrevesadas, e inteligentes y maquiavélicas, se hacen.

La Revolución Cubana lleva ya medio siglo de vida. Sin duda alguna, en su primera mitad los métodos de convencimiento y atracción fueron más cruelmente sutiles, angelicalmente diabólicos, brutalmente refinados, porque tenían que vencer y convencer a un abanico de pensamiento mucho más amplio. Ya muchos eran hombres formados cuando triunfó la Revolución. La misión de convertir a estos era dura. La misión de convertir a aquellos cuyas ideas recién habían comenzado a brotar de entre su sustrato personal, individual y único, fue, sencillamente, criminal. Jugaban con la infancia, torcían sus manifestaciones, encorsetaban sus libertades, incriminaban sus pensamientos espontáneos. Una buena parte de la población tuvo que buscar sus caminos sometida a estas coyunturas. Para algunos fueron definitivas y los marcaron de por vida, inutilizándolos. En otros actuó como propulsión de una ola de oportunismo que barría todo lo que encontrara a su paso. Entre ambos, están los del montón, los del no pero sí, los del aparentado, los del “hay que vivir”.

Pero en medio siglo hay una segunda mitad. Para los últimos 25 años la Revolución tenía algo ganado: no tenía que lidiar desde el inicio con generaciones que arrastraban reminiscencias propias de otros tiempos distintos. Ya tenía las suyas propias, nacidas después del año 59, más puras o menos contagiadas que las anteriores. Aunque, por muchas revoluciones que sucedan al unísono, no es posible barrer del todo con una ética meramente humana, intrínsicamente histórica, tradicional, prácticamente genética, es lógicamente aceptable, y aceptado es, que nuevos valores éticos se vayan produciendo y sucediendo a lo largo del tiempo. Cuando menos, grandes o pequeñas variaciones. Las proporciones éticas están compuestas por una pequeña isla de objetividad nadando en un océano de subjetividades. Aunque miradas desde fuera, ciertas cosas y actitudes pudieran ser vistas desde una misma perspectiva, es absolutamente admisible que esa óptica no fuera aplicable, no al hacer un zoom sobre el punto, sino a nacer, crecer, vivir y morir en ese punto y desde allí al exterior.

Nos hacemos muchas preguntas sobre la naturaleza humana. Sobre la pureza de esa naturaleza. El condicionamiento existe en todo tiempo y lugar, y cuanto más cerrado y asfixiante es el espacio, más maneras se ingenian para obtener más oxígeno. Pero, ¿todo es válido? ¿Todo es ético? ¿Dónde están los límites? Y ¿cómo probarlos, cómo medirlos? Dudas sobre cómo juzgar a la gente. Los valores éticos han cambiado, eso está claro. Pero ¿podemos afirmar categóricamente que todos los venidos después son oportunistas desalmados? Lo ignoramos, verdaderamente. No sabemos acusar por igual –quizás también porque partimos de una ética--. Tampoco somos todos iguales, salvo en la categoría de la covacha. Tal vez los primeros sufrimos más experimentos, mayor experimentación, mayores errores, y carecíamos de los anticuerpos que los segundos han ido ya generando sobre nuestra experiencia acumulada.

Para unos, la vida en laboratorio ha mermado definitivamente el interés por otra opción vital, cualquiera que ésta sea. Los resultados han sido letales. Si la Revolución cavó la fosa, el agotamiento coloca sobre ellos su pesada losa.

Para otros, la vida comienza a partir de ahora, fuera del laboratorio. Y están prestos a demostrar su capacidad y las habilidades ganadas durante el entrenamiento.

No obstante, debe existir un equilibrio en alguna parte. O, ¿habrá muerto del todo aquello que Martí llamaba “mejoramiento humano”?


© David Lago González, 2007.

2 comentarios:

Al Godar dijo...

Incluyo tus blogs en mi lista de : Blogs Sobre Cuba
Saludos,
Al Godar

willi dijo...

...me esncante tu blog un saludo willi