martes, 22 de enero de 2008

CUBA : REVOLUCIÓN Y HOMOSEXUALIDAD, Casa de América, Madrid (9 y 10 de Enero de 2008)

PROGRAMA



CUBA: REVOLUCIÓN Y HOMOSEXUALIDAD

Casa de América, 9 y 10 de enero de 2008. Sala Borges. Entrada libre.
Organiza: Confederación COLEGAS
Colaboran: Consejería de Inmigración y Cooperación de la Comunidad de Madrid,
Canal Odisea, el canal de documentales disponible a través de Imagenio, Canal Satélite Digital y operadores de cable en toda España.
9 de enero
11:00 Inauguración

Percival Manglano, Director de Cooperación al Desarrollo de la Consejería de Inmigración de la Comunidad de Madrid
Rafael Salazar Conde, Presidente de la Confederación Colegas.
Roberto Blatt, Director de Multicanal.

12:00 Presentación de las jornadas

Antonio Golmar, politólogo y coordinador de las jornadas.

12:30 Recordando a José Mario, poeta homosexual represaliado y exiliado. In Memoriam

Felipe Lázaro, poeta, ensayista y director de la editorial Betania
León de la Hoz, poeta y director editorial de la revista cultural El otro lunes
Pío E. Serrano, poeta y editor
Ladislao Aguado, escritor y director ejecutivo de la revista cultural El otro lunes

Almuerzo libre

16:30 Proyección del documental Habana libre y coloquio sobre libertad de expresión, medios de comunicación y arte en Cuba.

Ricardo Ortega, guionista y escritor.
Zoé Valdes, escritora, guionista y periodista.

17:30 Damas de la noche: travestismo, transformismo y cultura popular cubana

Luis Quintantal, fotógrafo
Roger Salas, escritor y periodista del diario El País

18:30 El individuo homosexual en el marco de los derechos humanos en Cuba

Ernesto Gutiérrez Tamargo, Secretario General de la Federación española de asociaciones cubanas

19:30 Estreno mundial del nuevo montaje del largometraje documental Conducta Impropia, de Néstor Almendros y Orlando Jiménez-Leal, que conversará Luis Margol, escritor y columnista de Libertad Digital.

10 de enero

11:30 Mesa redonda: Los que vienen y los que van

Roberto Cazorla, periodista y escritor
Ariel Miranda, profesor y fotógrafo
Rolando Morelli, director de la editorial Ediciones la gota de agua, escritor y profesor de literatura en la Villanova University, Estados Unidos
Moderador: Antonio Golmar

13:00 Mesa redonda: ¿Algo cambia en Cuba? Política exterior española y derechos humanos

Jorge Moragas, Secretario de Relaciones Internacionales del Partido Popular y Premio de la Libertad de la Florida Bankers Association.
Representante del PSOE
Carles Llorens, responsable de política internacional de Convergència Democràtica de Catalunya y autor del libro Disidentes, las voces que Castro no ha podido silenciar.

Almuerzo libre

16:00 Los mitos de la revolución y la homosexualidad

Los testigos:
Zoe Valdés, escritora y periodista

En primera persona:
Enrique Clavel, poeta
David Lago, poeta.
Roger Salas, escritor y periodista del diario El País
Ariel
18:00 Belleza y erotismo en el arte

Herman Puig, creador de imágenes
Orlando Jiménez-Leal, cineasta y fotógrafo

19:00 Discurrir, decursar y discursar de una sensibilidad homosexual en Cuba: hitos y momentos cruciales.

Rolando Morelli, director de la editorial Ediciones la gota de agua, escritor y profesor de literatura en la Villanova University, Estados Unidos

20:00 Clausura

Mª Elena Cruz Varela, escritora y periodista
Rafael Salazar, presidente de Colegas
Percival Manglano, Director de Cooperación al Desarrollo de la Consejería de Inmigración de la Comunidad de Madrid

Exposición colectiva de fotografía y pintura

Fotografías de Herman Puig, Ariel Miranda, Luis Quintanal y Antonio José Chinchetru
Cuadros de Waldo Balart, Gabriel Hierrezuelo, Jesús Cepp Selgas, Ernesto Briel y Osvaldo Lugo



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CONSIDERACIONES que se me ocurren a raíz de las dos jornadas sobre la homosexualidad y su represión bajo prácticamente el medio siglo de Revolución Cubana, debatidas los días 9 y 10 de enero en Casa de América (Madrid) y convocadas por Rafael Salazar y la confederación Colegas y moderada por Antonio Golmar.

Como creador de este blog, cuelgo aquí, aparte de una de mis intervenciones, los textos y la participación de otros amigos, otros escritores y otros sufridores experimentados en los sutiles y no tan sutiles manejos que el Estado cubano ha desarrollado con nosotros.

Antes de todo y un poco al margen de lo que se trató en este evento y de los textos aquí expuestos, quiero señalar dos grandes defectos: uno, de los cubanos, y otro por parte de los no cubanos y no exclusivo de los españoles.

El defecto nuestro al que me refiero (como cubano) es una deformación por la experiencia y el léxico de la Revolución. Explícitamente la Revolución se declara “comunista” en el año 1961, ideología que ya manejaba su cúpula desde la misma insurrección. Como sabemos los que vivimos allí, los que estudiamos allí, y hasta los profesores de marxismo-leninismo, la definición de “comunista” era la etapa última y máxima del proceso, que, según las enseñanzas dictadas, adquiridas y nunca olvidadas, ni siquiera la U. R. S. S. había alcanzado, sino que ésta constituía la culminación del largo camino del socialismo hacia el comunismo (modestamente, creo que un ensayo más perfecto a menor escala era el que se daba en los kibbutz iniciales, y ya fracasados). De ahí que nos refiramos continua –y casi enfermizamente– al “socialismo” sin tener la consideración necesaria de establecer que no nos estamos refiriendo exactamente al resto del concepto “socialista”.

El otro defecto al que quiero hacer referencia viene por parte de los demás. “Cuba” y “Revolución” son sistemáticamente confundidos, pero Cuba es un país y La Revolución es un episodio histórico-político que aqueja al país de la misma forma que otras tantas dictaduras como las que hemos tenido. Esta confusión es totalmente ofensiva para nosotros. No obstante, quiero descargar a su favor con cuánta facilidad se puede caer en esos extremos. Por ejemplo, por pre-determinación, España debería ser nuestra sustitución de aquella isla y los hispano-cubanos deberíamos sentirnos tan españoles aquí como me sentía yo en Cuba. Pero, independientemente de las confusiones aludidas, hay otros hechos o subjetividades que pesan: 1) para nosotros, España estaba representada sobre todo por la figura paterna, símbolo mucho más impositivo que el de la madre, más dulce y comprensivo; 2) Cuba fue tierra de promisión para una España paupérrima y desastrosa, maltratada por monarquías y repúblicas que miraban más sus propios ombligos que los del pueblo y/o súbditos; Cuba era tierra de inmigración y prosperidad y España lo era de emigración y hambre; y por último, pero nunca por menos, 3) España estaba y estuvo gobernada por la dictadura del General Franco, personaje sólo bien acogido por Fidel Castro y nada bien entre los cubanos que queríamos salir hacia todas partes, hacia cualquier parte, pero que aún manteníamos ciertos predicamentos: los cubanos, en su gran mayoría, no fuimos ni somos franquistas, pinochetistas, mussolinianos, hitlerianos como tampoco comunistas, stalinistas, maoístas, trotskistas, kim-il-sungianos, o cualquier otra variante totalitaria.

Dicho esto, no haré un recuento pormenorizado de las jornadas pero sí destacaré algunos aspectos, tanto durante ellos como lo que he podido ver en diferentes blogs y páginas por las que me he paseado últimamente.

No olvidemos que las jornadas, pésele a quien le pese y gústele a quien le guste, versaban sobre HOMOSEXUALIDAD, REVOLUCIÓN y CUBA.

Dentro de ellas se insertaba un homenaje a Jose Mario Rodríguez, más conocido por Jose Mario, poeta por naturaleza, así también como homosexual, genuino puntal del cual colgaban los demás poetas de lo que se ha dado en llamar “el grupo de El Puente”, y muy prontamente encarcelado por el gobierno cubano de los primeros años 60, y finalmente expulsado del país, constituyendo el único caso de tales características del que yo tenga conocimiento. Curiosamente, se siguió con él la misma solución que se le dio a Allen Ginsberg, máximo representante de la generación beat norteamericana, expulsado con anterioridad desde La Habana hacia Praga (leer su poema “Kral Majales”, Allen Ginsberg). Curiosamente también, el homenaje resultó de una sobriedad y una compostura nada acordes con la proyección de Jose Mario, en parte por la corrección de Felipe Lázaro, amigo y editor suyo; la intervención de Ladislao Aguado, representante de una generación posterior que ni siquiera le conoció pero que asumió magníficamente el enojo, el gran fastidio que supuso esta otra vuelta de tuerca de la vida, y las intervenciones de Pío Serrano y León de la Hoz, correctos también, pero que lamentablemente –a mi entender-- expusieron la tesis de una Revolución Cubana romántica hasta el año 68 y a partir de ese momento convertida al estalinismo, represora, totalitaria, etc. Craso, enorme e irónico error, pues fue justamente ese mismo “romanticismo” el que arruinó la vida del poeta homenajeado. Si ellos creyeron, o “creyeron” en la Revolución y/o en el Estado cubanos, por qué darle el calificativo de romántico y no decir de forma humilde y directa “lo siento, yo creí, me equivoqué, pido disculpas, etc.” Al finalizar la mesa, de entre el público Jacobo Machover, escritor radicado en Francia, precisó lo antes dicho. Y, en general, fue algo tan obvio que el público lo comentaba posteriormente.

Y es que el triunfo de estas jornadas ha sido el público y su participación, y la atención y el respeto que demostraban ante lo expuesto. Mucha gente joven, gente que nos agradecía lo que estábamos haciendo y diciendo y que nos instaban a buscar otras y más formas para explicar ese trozo de realidad que muchos vivimos desde muy distintos ángulos porque a ellos les aclaraba posturas, ideas, tal vez sueños. Quizás alguna responsabilidad en esto tiene lo tangible de nuestra sinceridad al exponer consideraciones y experiencias personales y colectivas. Desgraciadamente, también tuvimos ausencias notables; lesbianas del público preguntaban si a las lesbianas cubanas no les había pasado nada ya que sólo habíamos allí homosexuales masculinos para dar la cara. Salvo contadas personas, el “exilio” cubano al fin y al cabo demostró una vez más haber abandonado a los hijos que habían salido “con ese defecto” no obstante disfrutan con lo que escribimos, nuestros poemas, nuestras novelas, nuestros cuentos, nuestra pintura, a todo ello llaman también “nuestro” pero es mejor que se sobreentienda que, al fin y al cabo, al hablar de la realidad y no de la ficción, éste es un asunto de maricones. Refrenamos intentos de desviar la atención hacia la represión en general, la represión hacia los periodistas, hacia los diplomáticos arrepentidos al cabo de 50 años, hacia la disidencia interna penosamente representada “de compromiso” por un señor que roncaba en la última fila, pero es que allí se hablaba de la HOMOSEXUALIDAD durante la REVOLUCIÓN CUBANA y esas dos cosas juntas comprenden mis cincuenta años de vida. El cierre de María Elena Cruz Varela, inocentemente extendiendo la represión homosexual a la del pueblo cubano, ha servido para que muchos blogs y otras páginas de exposición subrayen lo segundo sobre lo primero, y allí, repito, fuimos a hablar de homosexualidad durante la revolución cubana y eso sigue siendo toda mi vida.

Excepción hecha de los blogs de Zoé Valdés y Libertad Digital, mi paseo por eso que algunos llaman “la blogosfera” resulta, cuando menos, desalentador. Penoso. Cómplice silencio que me recuerda el que siempre ha envuelto a las grandes redadas y escarmientos: la noche de las Tres P, el U.M.A.P., las golpizas, los bateos, los tijeretazas en el pelo, las recogidas de Coppelia y el Carmelo, las granjas de reeducación, los actos de repudio, y todo eso que Emilio Ballagas definió bajo “el impuro nombre que padezco”.



[Quiero agradecer el gran trabajo de Rafael Salazar y la confederación Colegas, el trabajo paciente de Antonio Golmar, la participación inicial de Alberto Lauro, y el respaldo de Casa de América y de la Comunidad de Madrid, así como la intervención Carlos Llorens (Convergencia Democrática de Catalunya) y Jorge Moragas (PP)]


©David Lago González
(Madrid, 20 de enero de 2008)



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TEXTO DE ROGER SALAS©


-Valdría la pena preguntarse qué mueve a que nos sentemos hoy alrededor de la misma mesa personas que no pensamos igual, que ni a derechas somos amigos, ni entendemos el problema cubano de la misma manera; qué argumento hay por encima de cualquier consideración personal que sea tan poderoso como para conseguir que estemos reunidos aquí, escuchándonos unos a otros y con la esperanza de que se nos oiga aún más lejos.

Para mí hay una respuesta capital, única: el horror del comportamiento del sistema castrista, todavía llamado por algunos “Revolución Cubana”, con la homosexualidad y los homosexuales a lo largo de 50 años. Puedo añadir, pero resulta secundario y casi obvio, y con el arte y la literatura de los artistas homosexuales cubanos. No creo en la existencia de un “arte cubano gay” o “una literatura cubana gay”. Eso son cartelas de ocasión.

También podría añadir: no sólo cubanos. Es de sobra sabido cómo en Cuba han sufrido brutal censura desde poetas griegos antiguos a Thomas Mann y Marcel Proust a la vez que cineastas, pintores y escultores tanto contemporáneos como históricos. Y lo que es peor, esas censuras parciales y grotescas, eran justificadas por prologuistas y doctores a merced del aparato represor, un poderoso mecanismo de mecanismos que abarcaba ministerios, editoriales, asociaciones profesionales, publicaciones periódicas y comisiones de evaluación política encubiertas unas, al aire otras.

Habrá quien defienda aún que algunos escritores explícitamente homosexuales vivían en Cuba y siguieron allí, publicando tímidamente o no, conservando sus puestos de trabajo o no, pero yo pregunto: ¿A QUÉ PRECIO? Hablo tanto de precio moral como material. No es el caso de citar a quien no quiere ser citado. Por fortuna, estamos en democracia, en un país que nos ha acogido generosamente, nos ha otorgado su nacionalidad, nos ha dado honrosos trabajos, y que, además, las circunstancias de la historia, y no sólo reciente, engrana con el avatar de la historia cubana de manera singular. El precio de que hablo es la LIBERTAD.

Me queda aún una pregunta más, que no hago al calor de ningún color político: ¿Por qué ha tardado tanto en darse este evento? ¿cuánto ha debido de llover; a cuántas puertas y despachos se han tenido que tocar para que se nos escuche? ¿Por qué seremos tan incómodos de situar en la turbia decoración de este fin de fiesta? Porque lo que para muchos es una fiesta no dejará nunca de ser un “dramma”, así, en el sentido más clásico y dramático del término. Somos parte de esa tragedia; mal que nos pese, sus orgullosos protagonistas sobrevivientes. Y algunos ya no están; se los ha tragado, con dolor, la vida, el tiempo conspirador al que debemos aliarnos para denunciar, buscar y alentar JUSTICIA.

En este escenario donde hay mucha más tragedia que comedia (aún sin perder el redentor humor que debe caracterizarnos) la conciencia de tener que ser a veces más personajes que personas es una urgencia; somos a los ojos del sistema malos ejemplos de imitar pero sí fáciles de distinguir. Erijamos esa distinción como un emblema más que un escudo. Hay muchísimo que trabajar por los vivos y por los muertos, siempre en contra de aquello que Hanna Arens selló amargamente como “la sinrazón humana”.

-Los subterfugios justificatorios con respecto al “dramma” de los homosexuales en la Cuba castrista se han venido sucediendo en todos los planos de la cultura y de la sociedad con la pasmosa complicidad de políticos, intelectuales y medios de comunicación; los camelos, lo que ya llamé una vez “el chocolate del loro” en un artículo a raíz del estreno de una torticera película que pretendía aparentar apertura y tolerancia; las escaramuzas estratégicas capaces de teñir una realidad específica o inclusive, dar una visión sesgada de lo que está sucediendo ante la opinión internacional.

En estos innobles manejos, el aparato cubano ha sido magistral, contando con un sinnúmero de personas (cubanos y de toda nacionalidad utilizable) que se brindaban a maquillar las huellas criminales o simplemente a desacreditar a quienes lo denunciaban. Esto viene pasando desde hace décadas y sucede actualmente todavía en muchos sitios. Aún sectores de la izquierda española se empeñan en negar la existencia de leyes represivas en Cuba o de los sidatorios. Algo parecido sucede en Italia con algunas ramas del atomizado y patético Partido Comunista. En Alemania, hay una asociación que “lucha” por la verdad cubana negando que hubiera existido alguna vez la UMAP, por ejemplo, y que el siniestro campamento de “Los Cocos” (que tiene sucursales en las provincias de Santa Clara y el Santiago de Cuba) donde se agolpan los seropositivos y enfermos de SIDA, es una fantasía.

En Norteamérica, la generación de la brigada Venceremos y sus hijos han insertado la duda en la opinión pública alabando en falso al sistema dictatorial de la dinastía Castro con sus cacareadas escenografías de salud pública, educación y cultura de masas, una dinastía estructurada sobre la oligarquía militar que no ha vacilado en intentar manipular a la propia minoría que reprime, como es el caso un supuesto Instituto de Orientación Sexual que hoy hay que desenmascarar como otra sofisticada y bochornosa trampa.

Ya sucedió entre 1965 y 1969 con varios hechos: un Congreso de Intelectuales y el llevar hasta La Habana el Salón de Mayo de París; volvió a pasar en la década de los setenta con las bienales de arquitectura, que, dado su éxito mediático ante el sector, ha sido ampliado a una bienal de artes plásticas y a un festival de cine que son claros vehículos de amplificación político-mediáticos, no hay más que revisar las listas de los invitados a mesa, mantel, puro y putas.

Pasó después con el filme “Fresa y chocolate” y está pasando ahora con lo que he citado: el retablillo grotesco de un supuesto organismo para estudiar la transexualidad, y según proclaman, proteger a transexuales, travestidos y homosexuales, todo ello alentado desde la cúpula familiar del poder. Me permitiría entonces, y es la hora, de recordar las granjas Prometeo y el monstruoso “Plan Apolo”, donde, con la participación de especialistas de las desaparecidas URSS y RDA se iniciaron experimentos selectivos para “curar las desviaciones sexuales impropias de la sociedad socialista”, tal y como uno de esos médicos escribió más tarde, defendiendo lo indefendible en aras del “hombre nuevo”, pues eran verdaderos discípulos del Doctor Menguele.

La escuela psiquiátrica cubana muestra orgullosa estas gestas reeducativas y de hecho, las ha intentado exportar a otros sitios, como Centroamérica. Nombres como los siniestros doctores Araújo, Eduardo Bernabé Ordaz o José Ángel Bustamante (que fue más lejos en una pretendida “psiquiatría comparada XXXXX culturales”) que se sintieron atraídos muy temprano ya, antes de 1965, por los postulados de los neurofisiólogos soviéticos seguidores de Alexander Romanovich Luria. Así se tradujo al cubano toda la teórica infernal de la neurociencia congnitiva, y la neuropsicología social de Vigotski.

Ya en la década de 1970 los métodos no cambiaron, pero sí se hicieron más sofisticados. Hay un libro, el del norteamericano Allen Young, que resulta hoy todavía canónico al respecto tanto por su valor documental como por el enfoque perspectivo que hizo de la evolución de la represión a los homosexuales en Cuba: último paradigma del bloque comunista (pero no el único: no olvidemos a Corea del Norte o a la misa China).

La UMAP desapareció ante la presión internacional, pero los homosexuales seguían siendo encarcelados y perseguidos; ninguna de las feroces leyes represivas se derogó, sino al contrario. En los 80 y en los 90, lo más asombroso ha sido que incluso intelectuales y artistas cubanos del más diverso pelaje se sumaron al lavado de cara de la Cuba Revolucionaria. Recuerdo perfectamente cómo se organizaron miserables encuentros bajo el eufemismo de “los de dentro y los de fuera” (hubo uno en Estocolmo especialmente patético) donde se hizo el tácito acuerdo de no tocar el tema de la homosexualidad, por lo demás siempre latente. Aquí mismo en Madrid, podría citar varios ejemplos de esa “attitude paisible”.

Para terminar, tengo dos preguntas más, especialmente a aquellos que abogan rastreramente por un diálogo con el sistema opresor: ¿Qué mueve a los oportunistas del exilio (¡hay tanto falso exiliado entre nosotros!) a interesarse por las pobres maricas criollas dejadas de la mano de Dios? ¿Qué pasa ahora que la Unión Europea, la Comisión de los Derechos Humanos de Ginebra o el Parlamento de la República Checa han pedido comisiones independientes que puedan entrar en Cuba y redactar informes también independientes al respecto?


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TEXTO DE DAVID LAGO GONZÁLEZ©


El texto que leeré a continuación fue, en su momento, un prólogo que escribí para un antología de poesía y narrativa escrita fuera de Cuba a partir del año 60. La antología iba a titularse “Los sonidos del silencio” y no llegó a existir. Quiero leerlo porque creo que resume bastante bien la diversidad de la problemática cubana.


En Cuba, hemos sido niños y jóvenes; hemos sobrevivido en silencio; hemos sido vigilados; hemos sido heterosexuales y homosexuales mal vistos por no pensar solamente con el sexo; hemos sentido miedo y culpabilidad por ser distintos al resto del rebaño, a pesar de intentar no salirnos del redil y balar al son de las voces del pastor; unos hemos sido pioneros y “ujcs”, por carecer de la valentía para oponer una excusa sólida o por haber creído inicialmente; otros hemos podido evadirnos aduciendo no estar definidos totalmente como agnósticos lo suficientemente aptos como para tener el honor de considerarnos marxista-leninistas; hemos sido perseguidos por el largo de nuestros cabellos y por la forma de vestir y se nos ha negado el estudio o el trabajo por ello; hemos sido interrogados, expedientados, detenidos y apresados por no escribir dentro de los cauces institucionalizados, por visitarnos unos a otros en número superior a tres, por reunirnos en parques públicos a reírnos de nuestra juventud; hemos sido expulsados de universidades por “diversionismo ideológico”, por “apatía política”, o por estar en el lugar inadecuado en el momento inadecuado, o por despuntar creativamente lo mínimo suficiente como para levantar sospechas como potenciales pensadores; hemos tenido que esforzarnos más para compensar esas sospechas sobreviviendo en oscuros trabajos de picapedreros, repobladores forestales, administrativos o jefes de departamentos donde se preparaba la mentira de las estadísticas; hemos sido internados en los campos de concentración de la UMAP y nos han atado desnudos a postes clavados en medio de hormigueros, hemos copulado con nuestros guardianes cuando muchos éramos menores de edad; hemos sido sacados en mitad de la noche de nuestras casas por haber entrado con otra persona; se nos ha juzgado políticamente por lo que han hecho o han dejado de hacer nuestros padres; hemos tomado anfetaminas; hemos pretendido parecernos a los Beatles y los Rolling Stones; hemos sido apresados por el ilícito comercio del rock’n’roll al tiempo que cantábamos canciones de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés; nos hemos iniciado precozmente en el sexo y hemos fornicado con la satisfacción del miedo y el placer de cometer un acto delictivo; hemos marchado en absurdos batallones desde los nueve años, de una esquina a la otra de los cien metros donde vivíamos; hemos marchado y hemos sido vejados en fines de semana por caprichosos militares que nos preparaban para después seguir marchando en el Servicio Militar Obligatorio; hemos superado los tres años de reclutamiento o nos hemos suicidado o nos hemos escapado y terminado en la cárcel donde nos han violado, o hemos obviado el honor de pertenecer a las Fuerzas Armadas Revolucionarias esgrimiendo un trastorno de la personalidad que debía precisar una homosexualidad pasiva sin nombrarla y hemos sido enviados al Ejército Juvenil del Trabajo por ser ciudadanos y militares de quinta categoría; hemos participado en la guerra de Angola por miedo o por la esperanza de prebendas futuras, y hemos muerto sin creer en una razón para morir y hemos sobrevivido sin estar seguros de una razón para vivir; nos hemos negado a intervenir en otra batalla que no fuera la nuestra personal de cada día; hemos cumplido con las guardias nocturnas, las asambleas periódicas de conducta, las condenas de cada barbarie imperialista norteamericana, con ademanes y voces cansadas; o hemos llegado al punto de crucificarnos a nosotros mismos pasando de todo formalismo obligado; hemos descreído de la Revolución, no hemos confiado en líderes de ninguna clase, no somos valientes ni héroes, somos cobardes, hemos echado a correr huyendo de los Cascos Blancos y sus pastores alemanes; respetables médicos de batas impecablemente blancas nos han aplicado electroshocks en hospitales psiquiátricos para curarnos la homosexualidad, y nuestros expedientes clínicos han pasado al Ministerio del Interior y la Seguridad del Estado; hemos sido chantajeados, han intentado captarnos como informantes bajo amenazas, oscuros calabozos, golpes o la simple imaginación abstracta de lo que podía pasarnos a nosotros o a nuestros familiares si no... : hemos hablado y hemos callado; hemos comido del exiguo racionamiento y hemos delinquido comprando el resto en el mercado negro; hemos robado en cualquier lugar donde nos fuera fácil abastecernos de lo que carecíamos, terminando por hurtar lo potencial que algún día podríamos necesitar; hemos bebido como cosacos celebrando la triste victoria de abstraernos de cuanto nos rodeara y hemos visto cómo cada día nos arruinábamos moralmente hasta la total degradación.

Para salir de Cuba, hemos sido falsos turistas con visado español por una semana; hemos sido expulsados hacia Praga como Ginsberg y hemos tenido que buscar el beneplácito de otros países; hemos cruzado el Estrecho de la Florida en una orgía atolondrada de camaroneros; hemos secuestrado aviones y hemos sido fusilados; hemos burlado el campo minado de Guantánamo, cubiertos de chapapote para despistar a los tiburones, y nadado hasta la base norteamericana para refugiarnos; nos hemos asilado 11.000 personas en 5.000 m2; hemos saltado vallas de embajadas que nos han devuelto a las autoridades cubanas que nos han castigado con golpizas, focos implacables y cárcel. Hemos zarpado en neumáticos de camiones, tractores o bulldozers, a veces a cambio de 10.000 pesos; hemos sido ametrallados y hundidos en aguas cubanas o internacionales por los guardacostas cubanos; sus homólogos norteamericanos nos han recogido y otras veces nos han regado con fuertes chorros de agua de manguera para que no pisáramos suelo estadounidense y poder ser devueltos a la Isla; nos hemos ahogado y nos han devorado los tiburones. Hemos sido escupidos, insultados, vejados, humillados, apedreados, mutilados y muertos. Hemos sobrevivido al salto.

Fuera de Cuba, hemos limpiado aseos; hemos fregado platos y calderos en cocinas de restaurantes inmundos; hemos vendido tabaco de contrabando en la calle; hemos cuidado enfermos terminales en sesiones nocturnas; nos hemos disfrazados de muñecones de Barrio Sésamo por unas pesetas y un sandwich, o de ridículos Muppets para fiestas infantiles; hemos hecho el turno de noche en alejados truckstops; hemos comido en comedores de refugiados y de indigentes; hemos comprado arroz para perros con tal de ahorrarnos unas pesetas; nos hemos prostituido a diez mil pesetas el polvo; hemos esnifado cocaína o el anzuelo del pico nos ha enganchado, o hemos seguido bebiendo porque la antigua excusa política se había convertido en adición; nos hemos muerto de SIDA o nos hemos suicidado; hemos iniciado y terminado amores y fornicado sin temor a ser espiados; nos hemos doctorado en universidades norteamericanas, pero muy contadamente en las españolas, a pesar de ser “nuestra Madre Patria”; hemos obtenido buenos trabajos y pésimos trabajos; hemos pagado nuestros impuestos; hemos permanecido largas horas haciendo colas para renovar nuestros permisos de trabajo y residencias soportando calladamente un tratamiento policial vejatorio, y nos los han denegado aun cuando nos halláramos trabajando legalmente; funcionarios de las instituciones competentes nos han extraviado los expedientes sin otra explicación que sobrepasara un leve encogimiento de hombros y la incertidumbre del futuro burocrático; los blancos hemos tenido mejor suerte que los negros y los negros somos frecuentemente parados en la calle con la obligación de identificarnos como hacían las rondas cederistas de la Revolución; los blancos hemos sido explotados por debajo del salario oficial o por encima del horario laboral; los negros, además, hemos visto cómo nos negaban un trabajo por nuestro color; hemos sobrevivido con el Walfare y hemos hecho lo imposible para mantener la dignidad de esquivar la oportunidad de subsistir a costa del Estado; nos han dado otras nacionalidades y hemos renunciado legalmente a la de origen; hemos violado el embargo norteamericano al ayudar económicamente a nuestros familiares en Cuba, hemos violado el embargo norteamericano al visitar a nuestros familiares en Cuba, contraviniendo las leyes de uno de los países que nos ha acogido; nos hemos casado y hemos tenido hijos; hemos ampliado nuestro margen de libertad y todo lo que hemos perdido no es compatible con lo que hemos ganado; hemos salido adelante y nuestra voluntad nos ha valido para protegernos de una utopía que nos seguirá persiguiendo hasta la muerte; nos hemos quedado en el camino; nuestra vieja familia ha ido desapareciendo como sucede en cualquier otro lugar; somos los mismos y al mismo tiempo somos los otros que la cotidianeidad moldea subrepticia y lentamente.


Ahora, yo les pregunto, ¿QUÉ más nos tenía que haber pasado y qué más nos tiene que pasar todavía para que nos crean?



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TEXTO DE ROLANDO MORELLI©
(Nota del blogger: Este texto no pudo ser leído por falta de tiempo, pero se reproduce tal como fue escrito para la ocasión.)



Discurrir, decursar y discursar de una sensibilidad homosexual en Cuba: algunos hitos y momentos cruciales de este devenir.

Permítaseme, en primer término, agradecer al señor Antonio Golmar, principal orquestador de estas jornadas que rompen lanzas a favor de los homosexuales cubanos, y de los cubanos en general, por la invitación a participar en este evento, que aún con los mejores auspicios ha conseguido sobrepasar, por su brillantez, todas las expectativas; al colectivo de Colegas, por su buen norte y solidaridad sin reservas ni mezquindades con los homosexuales cubanos; al canal Odisea por tomar el partido de los náufragos en un piélago sin Ítaca; a la Comunidad de Madrid, en particular a su Consejería de Inmigración y Cooperación, y a la Casa de América, por avistarnos desde su cofa y ofrecernos donde pasar un par de noches a cubierto. Gracias a los aquí presentes, sin cuyo concurso de nada hubiera servido el trabajo ingente y la dedicación de tantas personas, a las que también, y a título personal quiero agradecer sus esfuerzos y contribución al buen éxito de esta cita. Gracias, a todos.

Se me ha pedido, poco más o menos, exponer algunas ideas acerca del tema central de estas jornadas, a manera de compendio o síntesis de las ideas expuestas a lo largo de las sesiones de esta reunión de importancia singular que nos convocó en esta sede madrileña. Tal empeño, ya de por sí exigente, si bien justo y el más apto ejercicio de memoria, debía al propio tiempo hacerse a partir del recuento de mis propias experiencias como homosexual cubano, y como escritor, es decir como persona íntegra. Aunque soy, por vocación, una persona reservada, más que modesta —si bien, tengo una conciencia clara de mis limitaciones— no presumo de saber. Algo he vivido, y acumulado casi por defecto una que otra experiencia. Mi mundo es la literatura, que a mi modo de ver, nos sirve para hacer la vida más grata, más justa, más plena, a veces, vaciando los moldes en que se la encierra, desmontándolos o rompiéndolos; reinventándolos siempre. La literatura, como expresión de cualquier ideología me parece una aberración de todos estos principios para mí sagrados e irrenunciables. Éste, en síntesis, soy yo, o al menos, es quien creo ser, si se me pide bosquejar mi autorretrato. Adelanto no estar ciento por ciento seguro de conseguir aquí ese resumen que se me pide, especialmente porque los temas y las exposiciones precedentes, de por sí brillantes y certeros son reacios al encapsulamiento, y la propia riqueza temática y conceptual con que han sido presentados difícilmente cabría en una síntesis. Intentaré pues, un repaso de asuntos y problemas en torno al tema principal y lo haré, tal y según se me ha pedido, a partir de mi experiencia —que es también la literatura— y de la meditación personal acerca de la misma. Más que un resumen, o un pase de balance, se tratará de una evocación, con todo lo que de emotivo pueda en ocasiones encerrar este ejercicio.

Quisiera comenzar esta evocación de mi experiencia vital más temprana, inseparable de la otra: mi vocación literaria, con una anécdota que arroje algo de luz sobre ambas y sirva para dar una idea de sus concomitancias y cercanía de propósitos. El trasfondo de los hechos corresponde a la adolescencia, al noveno grado, y más precisamente a la clase de literatura que, un poco pretensiosamente se llamaba Literatura universal, aunque el universo en ella apareciera bastante recortado. El protagonista pudo ser un poeta español asesinado por los falangistas, a quienes el profesor, de cuyo nombre no haría falta acordarse aquí, llamaba “fascistas” o “franquistas”, indistintamente. Ese poeta se llamaba Federico García Lorca. Digo que el protagonista podía haber sido el poeta, su vida y, sobre todo su obra, en tratándose de una clase de literatura, porque en verdad éste acabó siendo una referencia dentro de su propia épica. El profesor, consumado revolucionario, con el evidente sarcasmo de su pedagogía observó que “a pesar de ser un poeta de innegable talento, el problema de Lorca consistía en ser “un” homosexual”. No dijo siquiera “homosexual” sino “un homosexual”, y después, pasó a informarnos que al ser arrestado “por los fascistas”, cuando se dio cuenta de que iba a ser asesinado por sus captores, el poeta no había hecho otra cosa que echarse a llorar, y suplicar que no lo mataran. El lenguaje corporal con que el profesor acompañaba sus palabras, y la expresión de su rostro, subrayaban aquello que las palabras mismas no comunicaban. La clase estaba en suspenso, y con suma discreción miré a mi alrededor intentando adivinar lo que estaban pensando mis compañeros. En ese momento me sentí una isla insignificante azotada por la furia de un vendaval inesperado. A esta luz arrojada por él sobre la obra del poeta granadino, intentó el profesor comentarnos el significado “revolucionario” del poema de “Antoñito el Camborio, hijo y nieto de gitanos, que iban por el monte solos” y se indignó cuando uno de los chicos tomó al protagonista del poema por alter ego del poeta, ante las risotadas de la clase. La triste suerte de los gitanos parecía conmover genuinamente al profesor de literatura, no así la de los homosexuales, y la atribución de mariconería al Camborio, debió exceder su capacidad de tolerancia. (A propósito, el propio Lorca de la “Oda a Walt Witman” no se muestra más comprensivo con “las locas”, a quienes maltrata desconsideradamente, pero ése es tema de otro momento). Acabada la clase, los comentarios de los estudiantes se dividieron, entre quienes consideraban que todos los escritores no pasaban de ser una partida de maricones, lo cual hacía incomprensible que se perdiera el tiempo estudiando poemas y toda esa mierda, y aquellos que verdaderamente se mostraban conmocionados por el destino del poeta, y a quienes no les parecía risible que se hubiera echado a llorar ante la certeza de su inminente asesinato. Algunos, entre los que me encontraba, nos escabullimos sin comentarios entre los indiferentes, haciéndonos pasar por uno cualquiera de ellos. No es la única anécdota en torno a Lorca y la enseñanza de su literatura durante mis días cubanos, que podría contarles, pero ello significaría desviarnos demasiado de nuestro asunto. Me gustaría destacar, eso sí, que esto ocurría en los años setenta, mucho tiempo después de que los campos de internamiento concebidos en los comienzos de la llamada Revolución cubana, para la re-educación de homosexuales y malcontentos de toda clase, hubieran sido oficialmente desmantelados, y de que el propio Castro hubiera “condenado” de cara a la galería “los excesos allí cometidos”, como meros errores en la implementación de un método incuestionable.

Desde los siete o los ocho años, creo recordar, sentí algo de eso que luego se llamó vocación por escribir o “inclinaciones” literarias. Las otras “inclinaciones”, puedo precisar que comenzaron algo antes. Me gustaba contemplar ciertos dibujos enmarcados que colgaban de las paredes en la casa de mi abuela paterna. Se trataba de algunos desnudos ante los cuales me embelesaba y me servían luego para dotar de forma a ciertos personajes de los cuentos que me contaban mi abuela o mi padre, y con los cuales en rigor aquellos dibujos nada tenían que ver. Yo mismo me inventaba otros cuentos con los recortes de todo aquello y la ayuda de las figuras desnudas, y con la mayor inocencia del mundo conformaba un mundo onírico-erótico que al pasar del tiempo resultó, a la vez que la causa principal de muchísimos contratiempos, el ancla de salvación —para expresarlo con un lugar común— al que me aferré instintivamente para no ser arrastrado a una deriva, en la que tantos otros perecieron y aún hoy, continúan zozobrando sin tabla de salvación a su alcance. No conservo memorias, como aseguran poseer muchas personas, antes de los seis años. Debo haberlas suprimido, no diré de un plumazo para evitar malos entendidos. Pero desde que tengo memoria fui siempre un lector ávido. Me asomaba a la maravilla de un mundo único mediante los libros y las ilustraciones que a veces los acompañaban, pero igualmente pedía que me contaran toda clase de relatos. En la medida en que crecía mi apetencia de lecturas y, ya en la adolescencia, se limitaban estas opciones (no confundir las tiradas masivas de libros que tenían lugar, con la verdadera posibilidad de leer) a mí me “dio por escribir”, frase muy socorrida para explicar esta disposición en un muchacho imberbe y sin experiencia. ¿De qué se escribe, cuando aún no se ha vivido bastante? Escribí entonces poemas —algunos haikús sin duda originalísimos, sobre todo porque yo mismo desconocía que lo fueran— cuentos, y sobre todo, intenté llevar un diario o recuento conformado por anotaciones, frases originales o tomadas de un libro, y citas sacadas de contexto. La biblioteca personal de mi abuela, rica en extremo, compensaba las carencias en medio del cúmulo de títulos disponibles en las librerías y bibliotecas del país. “Damián” de Herman Hess, “Confusión de sentimientos” de Stefan Sweig, son algunas de esas lecturas paradigmáticas de la adolescencia en torno a conflictos propios relacionados con mi sexualidad y complejo emocional.

Respecto al hábito de llevar un diario, que muy pronto abandoné, referiré dos anécdotas de algún modo entrelazadas, que tienen como trasfondo el llamado “plan la escuela al campo” también en la época de mi adolescencia. Una vez durante el año escolar, estábamos obligados a suspender las actividades docentes para trasladarnos al campo, lejos de la casa y de la familia, y realizar allí labores agrícolas. Esto sucedía mucho antes de que el estado cubano decidiera mudar de una vez todos los centros de enseñanza secundaria y pre-universitaria del país a las llamadas “escuelas en el campo”, en las que un estudiante rinde media jornada en tareas agrícolas ineludibles, por las que no recibe remuneración alguna, como parte de su “formación”. A esto se proclama en los foros internacionales una educación gratuita y una formación completa. (De lo que aquello fue en verdad, habría material para muchas exposiciones). En el curso de una de aquellas jornadas de cuarenta y cinco días a las que se llamaba entonces “la escuela, de cara al campo”, y que resultaron una especie de ensayo general del plan educativo ulterior, una noche de luna llena —puedo recordar— furtivamente, tuvo lugar mi primera experiencia sexual que pudiera llamar tal, y de la que de inmediato di cuenta en mi diario con gran trepidación. Alguien que debía espiar mi conducta, se apoderó de él, y a partir de las consecuencias que para mí trajo este episodio nunca más he vuelto a llevar nada semejante a un diario. Por la misma causa, sin embargo, le fue peor a un profesor que enseñaba Química, y cuyo diario fue a parar a manos del director de la escuela. Frente a una asamblea de estudiantes y profesores convocada sin que se dijera porqué causa, fue acusado el culpable y expulsado deshonrosamente. El director comenzó como hubiera hecho el propio Fidel Castro, por caldear el ambiente hablándonos a todos los reunidos de rezagos del pasado, de taras imperdonables e incompatibles con la idea de un verdadero revolucionario, de las que hablara Fidel, de inmoralidades que no podían tolerarse, sobre todo en un educador, y de todas las disposiciones en su contra previstas por las leyes revolucionarias. Luego, comenzó a dar a su discurso un carácter más personal. Le vimos señalar con un dedo indignadísimo, clamoroso, obsceno, a la figura de su víctima, y entonces echarle en cara su condición de sodomita, pederasta e invertido, acusación avalada por el diario que exhibía como prueba suprema. Seguramente para que todos acabaran enterándose de qué iba el asunto, empleó por último la palabra homosexual, que debía parecerle particularmente pegajosa. Algunos profesores comenzaron a gritar insultos, en tanto otros se abstenían, avergonzados y dignos. Los estudiantes también se mostraban divididos. Sin saber qué hacerse o qué decir, el acusado había ido pasando del desconcierto al rubor y al llanto, y al cabo, convencido de que aquello no podía terminar sino con su expulsión, se puso de pie y se echó a correr frente a la enardecida turba. Ese espacio que lo separaba de la puerta de salida de aquel local donde transcurrían los hechos, debió antojársele una enorme distancia. Muchos años después, cuando a mi salida de Cuba durante los hechos del Mariel, sufrí una experiencia similar, experimenté una verdadera sensación de eso que en francés se llama deja vous, por la que me di cuenta de haber vivido ya antes, por interposición, la experiencia que estaba teniendo lugar. ¡Nunca más, volvimos a tener noticias del profesor, ni a saber lo que había sido de él!

Me saltaré aquí unas cuantas experiencias de esta índole, para no redundar en lo mismo, y les referiré algo sucedido posteriormente, acaso decisivo en mi experiencia, y en mi escritura. Antes, sin embargo, es precisa una salvedad. Si alguno entre los presentes imagina en mí, algo remotamente parecido a un héroe, debe de inmediato desistir. De nada parecido se trató, y no quiero a estas alturas de mi vida venir a encarnar la persona equivocada. ¡Mucho de picaresca, y mucho de esquizofrenia, y sólo eso! Mucho de simulación, de aparentar y sobre todo de aparentar no ser lo que se era. Hasta cierto punto el éxito alcanzado por mí en esta dirección, fue causante de mi otra desgracia, es decir, ser tenido por elegible para el ejército. Vean ustedes que muchos jóvenes heterosexuales, en llegado el momento, fingían una homosexualidad pasiva, amanerada, con tal de evitar la conscripción militar de tres largos años en los que un individuo era rebajado de la condición de siervo permanente a la de esclavo, con una ganancia neta para el estado opresor. En mi caso, cuando hube llegado a esa edad en que, ya para terminar la enseñanza superior comenzaron los llamados al Servicio Militar Obligatorio, y cuando al fin me enrolaron como parte de un “llamado especial”, el noveno, que debía incorporar al ejército, según se declaraba, a jóvenes con más alto nivel académico del acostumbrado, y después de sufrir la experiencia de un primer entrenamiento militar riguroso de cincuenta días, más un año de servicio regular, el acoso, no sexual, sino por causa de mi sexualidad, de que me hizo víctima un primer teniente que era al propio tiempo el jefe de mi unidad, terminó por llevarme a la consulta del psiquiatra. (No se trataba de mi primera experiencia de este orden). Convencido plenamente de que el alienista tenía razón, y de que en mente tenía mi bienestar; convencido, además, de que la homosexualidad era, tal y como la definían los textos de toda índole, mis padres, profesores, y hasta el cura, y conforme a la política oficial, una patología cuyo tratamiento era posible y deseable, me sometí, del todo conforme, a un tratamiento o terapia de electroshocks. Si estaba en mis manos —razonaba— optar por una conducta y una inclinación sexuales que me pusieran en sintonía con la norma, es decir, con “la normalidad”, ¿por qué abrazar el constante acoso, el rechazo, la burla, la franca discriminación y tantos otros avatares? Era evidente que el travestismo de la normalidad, que en primer término había dado con mis huesos en el ejército, no bastaba a protegerme ni resultaba lo bastante encubridor o a prueba de balas. Tras su chaleco maltrecho había visto el teniente de marras quien yo era. No sé si su homofobia y su radar para detectar homosexuales provenían de su propia “inclinación”, cosa que a veces sucede, o simplemente inducido por su entrenamiento en la escuela revolucionaria de la detección de lo que ya en los años sesenta se llamó “la enfermedad” y “la desviación”, si bien estos conceptos no se limitaban en su aplicación únicamente a los homosexuales, sino a toda persona de conducta “dudosa” o “desviada”. De estos electroshocks que habrían de curarme de mi homosexualidad y de hacer de mí no sólo un hombre nuevo castro- guevarista, sino simple y llanamente “un hombre, macho, varón, masculino” sin tendencias equívocas, sufrí nueve, pese a que a partir del primero le expresé al médico mi deseo de suspenderlos. Tal vez el procedimiento mismo para su administración fuera demasiado primitivo, o luego me entrara la duda de si la normalidad que buscaba merecía sacrificarle mi alma. El médico, un primer teniente, muy en su papel y en su convicción profesional y revolucionaria, se atuvo a una decisión que le correspondía pues yo era, en tanto que recluta, “propiedad del estado”. En mi primer libro de relatos publicado años más tarde, cuando me encontraba ya en el exilio, he dado cuenta en parte de esta experiencia en un par de narraciones. He tratado de imprimirles un carácter impersonal porque el recuerdo vivo de estas experiencias, y sobre todo, la justificante con que contó el episodio todo, resultaban harto dolorosas por incomprensibles e insensatas. En las estadísticas del régimen, hechos como éste se sitúan, si acaso, en la categoría de “errores propios de un proceso revolucionario, limpio y puro en sus propósitos”.

En el discurso de la sexualidad revolucionaria cubana, el poder se arroga desde los comienzos la potestad de catalogar roles, definir actitudes y aptitudes entre muchas otras (respecto a las cuales incluso llega a legislar) y asimismo se concede un amplio radio de acción que llega hasta nuestros días, y permite fenómenos como la emergencia de un Centro para el estudio de la sexualidad, o algo semejante, dirigido por Mariela Castro, —hija de su padre, y de su madre— y explican que, confrontado Fidel Castro por un periodista, con la existencia inocultable en Cuba de una prostitución rampante que incluye a niños y a niñas, salga éste con aquello de que “al menos Cuba cuenta con las prostitutas más educadas y cultas del mundo”.

Del ejército, fui finalmente desmovilizado al cabo de varios meses de un tratamiento que, no rindió sus frutos. Dejado por incorregible quedé puesto en manos del “Ministerio del trabajo”, organismo encargado entonces de asignar un empleo u ocupación a los que como yo estábamos en edad laboral; empleo éste que ninguno estaba autorizado a rechazar sin consecuencias. Todos los varones en edad laboral se hallaban a disposición del dicho Ministerio, so pena de ir a la cárcel, convictos del delito de vagancia, según contemplaba la “ley” correspondiente. Portador de una cifra o clave que indicaba qué tipos de ocupaciones no podrían encomendárseme, pues estaba marcado de por vida acudí a las oficinas del Ministerio del trabajo. La comisión médica militar dictaminaba mi incapacitación por motivos “equis”. Ya en esta época, reconocidos escritores como Virgilio Piñera o Lezama Lima vivían en una marginación absoluta a causa de su homosexualidad y posición contestataria. Las tesis aprobadas por el Congreso de Educación y Cultura del año 71, que planteaban aquello de que los homosexuales no podrían ni deberían ostentar la representación de la cultura cubana (o ejercer de educadores) en ninguna instancia nacional o internacional, ya habían sido implementadas. Pero al quedar desmo-vilizado, yo no era ningún escritor conocido, todo parecía indicar que “guardaba las formas”, “sabía comportarme”, “tenía un nivel escolar alto”, era por tanto de utilidad —con las debidas reservas— y me encontré además con que la persona a cargo, o responsable, de la oficina que debía entrevistarme, aunque casado y militante del Partido —del “otro”— era también “entendido”, y como tal, entendió exactamente cuál era mi situación, y se amañó para conseguirme algo que hacer provisionalmente, hasta que, un poco más adelante, logró, en efecto, pasarme a un puesto en el Ministerio de Educación, que no contemplaba el trabajo con niños ni adolescentes, y para el cual no se encontraba otro candidato con las calificaciones exigidas. A partir de este momento, aunque enfrentado a infinidad de obstáculos, pude rehacer mi vida, e ingresar más tarde a la universidad para hacer la carrera de docente, mientras trabajaba con adultos, incluidos los altos dirigentes del Partido en Camagüey, para quienes la universidad organizó un currículo especial, para impartir el cual fui elegido y designado. La simulación, y el miedo a ser expuesto en cualquier momento y una sensación real de discriminación y marginación en el trabajo, y en el seno de las instituciones a las que obligadamente pertenecía: el sindicato, los colectivos de trabajo, etc., pautaban mi vida, y no me abandonaban nunca. Vivir era entonces algo así como un ejercicio en futilidad, posible sólo mediante el empleo de recursos de imaginación que nos permitían, más que vivir, seguir viviendo, para no rendirnos a las evidencias en contrario. Los cientos o miles (no tengo cifras que ofrecer), pero fueron muchos quienes no encontraron a tiempo una incongrua justificación de vida, o perdieron en el camino el recurso del auto-engaño, forman si acaso, parte de una estadística que nada revela. En medio de esta normalidad, tenía lugar la anomalía de los encuentros furtivos en la alta noche vigilada de una ciudad de provincia, o en las escapadas de fin de mes a la capital. Siempre con el miedo consiguiente de ser delatados o arrestados incluso por aquellos con quienes teníamos o habíamos tenido sexo, cosa que en efecto llegó a suceder como era previsible. A partir de ahí las actas policiales que se convertían en espadas de Damocles pendientes sobre nuestras cabezas. Tal las cosas, y sin vislumbrar una salida cualquiera, a los veintiséis años de mi edad, tuvo lugar el éxodo del Mariel, merced al cual, tuve por primera vez la oportunidad genuina de ser libre, es decir, persona, en un país extraño y como extranjero. Pasaré aquí por alto los pormenores relacionados con mi salida del país, a los que sería preciso referirse de manera aparte.

La toma de la Embajada del Perú en La Habana el año 1980, por parte de un gentío desesperado, entre los que naturalmente se encontraban muchos homosexuales desesperados y valientes, y el consiguiente éxodo masivo por el Puerto del Mariel, constituye en la retórica del poder revolucionario de esa época, el que había de ser “último enfrentamiento entre el pasado con sus rémoras y el futuro luminoso y socialista que nos aguardaba aún” Esa pieza de fusilería marxistoide, a partir de entonces mil veces remozada con el concurso entusiasta de las Mariela Castro de turno, y de sus colaboradores españoles y de otras partes, se permite seguir dando lecciones a sus víctimas, condicionando sus objeciones y arrojando sobre ellas más fango retórico. Sin rendirse a las evidencias de su fracaso pedagógico, como parte de la debacle general causada por ellos, los mismos dirigentes de la llamada Revolución, se aferran hoy a sus prerrogativas e insisten en la consecución de un hombre nuevo castro-guevarista que, según sus cálculos, habrá de garantizar por fatiga, y mediante el adoctrinamiento, un total sometimiento. Cuando un niño cubano comienza en la escuela, está condenado a pertenecer de inmediato a la Unión de Pioneros, y a proclamarse seguidor del Che Guevara, asesino y homófobo, que en el “new speach” orweliano de la izquierda ha pasado a significar exactamente sus antípodas. “Pioneros por el Socialismo. Seremos como el Che” repiten desde temprana edad los niños cubanos.

La “Generación del Mariel” a la que pertenezco, y en la que me reconozco, fue la primera educada bajo el castrismo en resistirse al ensayo general de un “hombre nuevo”, y en pagar una alta cuota de sufrimiento a causa de nuestra rebeldía o incapacidad para someternos al experimento ortopédico. Aunque nos identifica la palabra Mariel, que define y resume los hechos ocurridos el año 1980 de los que sus integrantes fuimos protagonistas, la del Mariel es una generación que abarca igualmente a todos aquellos nacidos entre el mil novecientos cincuenta y el cincuenta y nueve, al margen de su participación en los eventos del año 80. No todos los que, por su edad, experiencia, identificación y otras características pertenecen a esta generación consiguieron salir de Cuba en el año 80. Algunos lo conseguirían dos o tres años después, es el caso, entre otros, del poeta y narrador David Lago, aquí presente. Otros, habrían de esperar incluso más tiempo para lograrlo, o permanecieron en Cuba en situaciones extremas de marginación social, desprovistos de los mínimos recursos para la subsistencia en represalia por la mácula estigmatizante del Mariel y la llamada “escoria”, que se les impuso.

Como sucedido, además, “El Mariel” marca indudablemente, un antes y un después en la historia de Cuba, y en los anales de la tiranía castrista, ya que propina a escala internacional el primer golpe devastador a “la mítica revolucionaria” del castrismo. Distorsiones aparte, de la cual la película “Cara cortada” o “Scarface” de Brian de Palma, admirador contumaz del régimen de Castro, es sólo una muestra muy conocida, a día de hoy puede constatarse con facilidad que esta ola migratoria ya ha dejado un balance favorable en diferentes esferas de la actividad humana en los Estados Unidos, país donde se concentró. Los llamados “marielitos” de antaño se han incorporado mayoritariamente a las sociedades a cuyo seno se acogieron. De particular importancia y relieve ha sido el aporte que los artistas plásticos, de quienes esta convocatoria nos permite apreciar una muestra, y los escritores de esta emigración han hecho a la cultura de nuestro tiempo.

Individual y colectivamente, la generación del Mariel ha ido haciendo su obra. Una nómina, obligadamente incompleta daría como resultado una larga relación de poetas, narradores, ensayistas, artistas plásticos y cineastas, entre otros. De todos ellos, la figura acaso paradigmática —sin dudas la más conocida— y al mismo tiempo equívoca, es la de Reinaldo Arenas, a quien se atribuye precisamente el nombre “Generación del Mariel” para los salidos de Cuba en el año 1980. Por su edad, (había nacido en 1943) Arenas no podría ser precisamente un “marielito”, sino que pertenece a la generación literaria de José Mario (1940), Miguel Barnet (1940), Nancy Morejón (1944), Reinaldo García Ramos (1944), (que también salió por el Mariel); Ana María Simo (1943) que lo hizo antes; Isel Rivero (1941) y Severo Sarduy (1937), entre otros.

A diferencia de lo que ocurre con la generación precedente, escindida entre los que apoyan y se identifican con los objetivos proclamados por el régimen castrista y los que la rechazan —sirvan de ejemplo los nombres respectivos de Miguel Barnet y Severo Sarduy, colocados en polos ideológicos opuestos—, la Generación del Mariel tuvo desde el comienzo un carácter más cohesionado y coherente en su posición política respecto a la llamada “Revolución”, de ahí que también frente a ella se hayan erigido los mayores obstáculos por parte de quienes en el exterior se identificaban e identifican con los intereses encarnados en el castrismo. Desde dentro del régimen la incesante máquina de fabricar calumnias no cesaba de alimentar la conflagración en que debían quemarse quienes, como individuos, intentábamos rehacer nuestras vidas, antes de que, como generación consiguiéramos dar voz a nuestras experiencias transformándolas en producto artístico. El primer intento generacional de este orden, dar testimonio de ser, fue indudablemente la revista Mariel, que bajo la dirección de Reinaldo Arenas y el extraordinario narrador Carlos Victoria, recientemente fallecido, entre otros, se publicó en Nueva York y Miami durante varios números. Mariel, la revista, publicó no sólo a sus integrantes, sino que —con una clara conciencia de su imbricación en la cultura cubana, y del recorte empobrecedor de la censura castrista a sus voces más altas o discrepantes— se dio al rescate de aquellos que como Lydia Cabrera, Gastón Baquero, Lino Novás Calvo, Guillermo Cabrera Infante, Matías Montes Huidobro, Severo Sarduy, Eugenio Florit, Ramón Ferreira, Enrique Labrador Ruíz y tantos otros nombres imprescindibles de la cultura cubana, habían sido silenciados por el régimen con la complicidad de muchos editores españoles e hispanoamericanos, y gracias a la ignorancia condicionada e inducida por el régimen con el auxilio de sus instituciones oficiales “Casa de las Américas”, la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, y muchísimas otras dentro, y fuera de la isla.

A algunos de mis amigos, y otros, que permanecieron en Cuba después del año 80, les he oído referirse a los años subsiguientes como “los del gran apagón cultural”. Panorama éste difícil de concebir cuando los que abandonamos Cuba ese año, por decisión propia o forzados a hacerlo por las autoridades, pensábamos que ya dicho oscuro total había caído sobre la sala. Para hacer comprensible tal afirmación oída por primera vez a mi regreso, de visita en Cuba, a donde se me permitió volver por primera vez dieciséis años después de mi salida-expulsión, creo adecuado y oportuno acudir a una analogía de otro orden. Cuando regresé, encontré que todos aquellos edificios y fachadas que dejé apuntalados habían desaparecido, y en su lugar, otras construcciones ahora lo estaban, como si se tratara de un patético relevo de muletas. Una vez más, la salida (con expulsión en muchos casos) de tantos y tantos artistas por el puerto del Mariel significó para Cuba ese “robo de talentos” de que tanto se quejan las propias autoridades cubanas, y acreditan siempre a las naciones del primer mundo. Tanto en Cuba como entre los cubanos residentes en el extranjero surgirían en los años siguientes nuevas hornadas de escritores y artistas de todo género, pero el efecto sobre el tejido social y cultural del país, producido desde el año 1959 por sucesivas oleadas de emigrantes entre quienes, los intelectuales y artistas de todo género constituían un componente decisivo, no podría dejar de tener sino el efecto de una erosión cataclismática sobre el fértil suelo de la cultura isleña.

Llegados a este punto de mi presentación, me gustaría dar cuenta sucintamente de la existencia de una tradición literaria cubana que se cuenta, entre las más ricas y sólidas no sólo de las Américas, sino del ámbito de la lengua española, y a partir de esta afirmación, contrariar la noción interesada de una tradición que sólo a partir del castrismo y con su apoyo habría tenido lugar. El absoluto e infatigable mentir del castrismo ha logrado penetrar a veces en círculos ajenos a su esfera natural, de tal modo que, no es raro que a veces quienes no simpatizan con Castro y su régimen afirmen, sin embargo, que al menos a él se deben indudables avances en la educación y la sanidad. No es de extrañar que en Viena o en Roma se dé por buena asimismo la idea de que la cultura cubana es, un producto de la Revolución. La cultura cubana es, por el contrario, de las más antiguas entre las hispanoamericanas, y la existencia de un canon literario, entre otros, comienza a fijarse muy temprano, a finales del siglo XVIII como filial de la cultura española y con influencias universales que la van diferenciando de su fuente principal. Era preciso dar cuenta aquí, de la existencia misma de dicho canon, antes de hablar seguidamente de lo que llamaré una sensibilidad homosexual subyacente.

El artista, el escritor, el intelectual verdadero será siempre y en toda época, una conciencia independiente, consecuente sobre todo con la defensa de la libertad individual, cuando la sociedad o el estado o una institución o un hábito se constituyen en depredadores de la libertad y en intérpretes exclusivos de sus límites. Por eso, los grandes escritores de todos los tiempos han sido casi siempre, asimismo, rebeldes con causa. La cuestión homosexual, o el tema de los homosexuales no podía en consecuencia, sino haber contado desde hace mucho tiempo con defensores de la libertad que vieran en el tabú y en la represión de los homosexuales un elemento inseparable de la defensa de la libertad individual. Entre ellos se mezclan y confunden creadores que son ellos mismos homosexuales, con otros que no lo son. La defensa del homosexual es pues, inseparable de la defensa de la libertad y de la dignidad humana. El escritor, el artista, el intelectual, el pensador en cualquier esfera del pensamiento no puede sin hacer violencia a la ética y a la estética de la libertad, ignorar o condenar al individuo homosexual o marginarlo por parecerle escabroso, incomprensible o antipático.

Quizás corresponda a Tristán de Jesús Medina 1831- 1886, cubano a quien Menéndez y Pelayo incluye entre sus Heterodoxos españoles, y a su novela “Mozart ensayando su Réquiem” la primicia de un género, o inaugurar una sensibilidad, que bien pudiéramos llamar “homoerótica” en el ámbito literario cubano. Medina es, en efecto un heterodoxo, un amante de la libertad, un juzgador independiente de vida, y ello lo llevó a romper con la iglesia católica de su tiempo y adscribirse al protestantismo. La exploración de una sensibilidad “diferente” en la novela de Medina no debe parecer extraña ya que se inscribe en el marco de sus búsquedas de libertad y racionalidad. José Martí, (1853–1895) por su parte, hombre de ideales libertarios a quien se atribuyen virtudes casi de santo, a la vez que contra él se han acumulado denuestos a causa de sus apetitos de hombre de carne y hueso, nos dejó al menos un poema: “Alfredo”, de confesión homosexual, (que Zoe Valdés ha leído aquí íntegramente) y una novela —no diré una novelita, pues el mérito de la misma sobrepasa el número de sus escasas páginas— en que resulta innegable la dilucidación de una trama homoerótica, de marcado cariz lésbico, me refiero naturalmente a su Amistad Funesta que luego se llamó Lucía Jerez; Mercedes Matamoros (1858-1906) cultiva con los sonetos de su libro El último amor de Safo, en particular, una estética en que el equívoco del género que corresponde al hablante, o más bien la ambigüedad en que se oculta éste, no entorpece sin embargo la captación de una atmósfera homoerótica evidente; por su parte Julián del Casal (1863– 1893) en el conjunto de su obra nos ofrece igualmente el testimonio de una sensibilidad hiperestésica que le sirve para camuflar (que es asimismo revelar en clave) una estética homoerótica. El investigador y dedicado casalista Francisco Morán lo ha estudiado en su libro “Julián del Casal o un tranvía llamado deseo”, libro en preparación o ya publicado del que conozco unos fragmentos. No son estos que menciono sino algunos entre los nombres más prominentes del siglo XIX que acusan, bien como constante de su obra, bien en algún momento de ella una preocupación o interés por lo homoerótico. Ya entrados en el siglo XX los nombres de Alfonso Hernández Catá, Carlos Montenegro, Ofelia Rodríguez Acosta, Ramón Ferreira, Lezama Lima o Virgilio Piñera constituyen un referente respecto a la temática y preocupación que se desplaza de la sensibilidad homoerótica al homosexual. Para algunos de estos, como Hernández Catá con su “Ángel de Sodoma” o Carlos Montenegro con su novela “Hombres sin mujer” de ambiente carcelario, el homosexual es un ente trágico, desgraciado —con cuyo drama se solidarizan— visto en el contexto más amplio del ser familiar y social, de ahí que no pueda tratarse de una celebración ni de un regodeo estético. Un poeta de la fineza y sensibilidad de Emilio Ballagas, cuya obra toda trasluce su homosexualidad, la reprime sin embargo en razón de sus propios conflictos personales y le vemos urdir una especie de red que lo ampare de estrellarse contra el suelo. Una sensualidad sublimada da en ocasiones lugar a una expresión poética de gran religiosidad, con lo que no sugiero en absoluto que la expresión religiosa en la poesía o en cualquier otra manifestación sea únicamente el producto de la sublimación de la sexualidad. Lezama Lima o Virgilio Piñera, por otra parte, representan frente a la homosexualidad dos actitudes diferentes y en cierto modo encontradas. Ambos, homosexuales de vida sexual activa, asumen actitudes y comportamientos estéticos paralelos, no siempre afines. La novela Paradiso de Lezama, no es el único testimonio de su homosexualidad en el conjunto de su extensa obra poético-narrativa, ni mucho menos se limita éste al celebérrimo capítulo VIII de dicha novela. El mencionado capítulo, en su evidencia testimonial no constituye sino la parte visible de un promontorio oscuro y sumergido, que es la obra toda de Lezama; la cristalización, por razones estrictamente narrativas, de una praxis. La censura castrista que dio con este picacho inocultable simuló en sus inicios que a él se atenía pues se sentía asistida por todas las evidencias del mundo para imponerle silencio a cualquiera que hiciera mención siquiera, de la homosexualidad. En realidad, debe haber estado claro para los censores que toda la novela de Lezama, además de pertenecer por derecho propio a una sensibilidad homosexual, corresponde a una sensibilidad burguesa, que aún siendo conservadora puede ser tenida por liberal cuando se la compara al castrismo. Piñera, por su parte, fue tanto en la manera de conducir su vida como en su escritura, un iconoclasta a ultranza. De él, o contra él, nos predisponía a los jóvenes escritores reunidos en un congreso del gremio, un conocido capitoste de la Dirección Nacional de Cultura en los años 70, llamándole “maricón empedernido y contrarrevolucionario, de lengua viperina y comportamiento escandaloso, con quien la Revolución ha[bía] sido extremadamente generosa”, y cuya sola vista, aparentemente, podía resultar más mortífera que una Gorgona. “Manténganse alejados de él, muchachos” nos aconsejaba otro escritor, homosexual revolucionario hasta hoy muy acogido en España, y otras partes.

De la generación siguiente a la que representan Lezama y Piñera, cronológicamente hablando, proceden Severo Sarduy, José Mario, Ana María Simo, Reinaldo Arenas, Reinaldo García Ramos entre otros. Sarduy, a quien Roberto Fernández Retamar, ese amo de llaves de la Casa de las Américas desestima en su ensayo Calibán, con una simple y despectiva referencia “a los mariposeos” del esteta, a partir de su asentamiento en París muy al comienzo de la llamada Revolución desarrolló una obra en la que los tres elementos temáticos más acusados, en mi opinión, los constituyen Cuba, con sus elementos étnicos e históricos; el ascetismo oriental que tanto seducía a Sarduy, y, entrelazada a ambos, la erótica homosexual. A diferencia de Sarduy, quien pudo desde su distanciamiento de las circunstancias políticas cubanas en la isla dedicarse a la elaboración de una estética del hecho homoerótico que pudiera corresponder a lo que en Occidente se dio en llamar “la identidad gay”, Reinaldo Arenas construye esa identidad que debía ser “alegre”, “despreocupada” “divertida”, en medio de un constante enfrentamiento al régimen y al sistema instituido, cuyo cometido y declarado propósito, es el de suprimir las manifestaciones y el comportamiento homosexual como expresión concreta de libertad individual, o individualista, intolerable e inconcebible dentro de un régimen de absolutos y acatamientos universales. Lo mismo sucede a quienes, aún sin haber alcanzado el reconocimiento que había rozado a Arenas en un primer momento a comienzos de la Revolución, viven experiencias semejantes a la suya, y ensayan en silencio las herramientas de su expresión artística.

José Mario y Ana María Simo, más o menos contemporáneos de Arenas, y animadores de la llamada “Generación de El Puente” y de su magazine literario, lo mismo que Reinaldo García Ramos, habían sido borrados muy pronto, y con gran eficacia, cuando el escritor izquierdista norteamericano Allen Ginsberg fue invitado a La Habana para participar como jurado en uno de los concursos convocados por la Casa de las Américas, eficaz mecanismo de confiscación de voluntades y principios de la izquierda internacional creado por el régimen de Castro para refrendar los abusos de toda índole contra los escritores y artistas del patio. Ginsberg terminó siendo expulsado de Cuba, entre otras cosas —según declaraciones del propio poeta— por haber pedido comprensión hacia los homosexuales, y preguntado acerca de los campos que para encerrar a estos (entre muchos otros malcontentos) se ensayaban por entonces, además de haber expresado que “el Che Guevara estaba buenísimo”, o algo por el estilo, y que “le hubiera gustado irse a la cama con él”. A quien no expulsaron de Cuba, sino que decidieron internarlo en los campos del UMAP, fue a alguien como José Mario. Algunas de las experiencias que narro en un libro de relatos aún inéditos, dedicadas a esta experiencia, cuyo título “Una manera de amar al prójimo” se construye precisamente a partir de las siglas que identificaban a estos campos de internamiento y trabajo forzado, las debo a varias anécdotas que me contara el propio Mario cuando nos conocimos en Madrid. Yo no estuve en el UMAP, pero estas experiencias no me son ajenas en modo alguno, sino que más bien me convencieron en su momento de un afán de persistir en el horror. Ana Maria Simo, narradora de gran promesa de este mismo grupo, quien terminó acogiéndose a sagrado en el idioma inglés en la ciudad de Nueva York, experimentó (testimonio muy elocuente que recoge la película Conducta Impropia), siendo aún una jovencita, secuestro, interrogación, internamiento y electroshocks por parte de las autoridades revolucionarias, a causa de su relación con el grupo de homosexuales del grupo El Puente. La suya es una voz y una vida segada como también fue la del cuentista Nelson Rodríguez, internado del UMAP, quien intentó escapar de la isla mediante el desvío de un avión, y fue fusilado por esta causa. Otro de los confinados del UMAP cuyo nombre me viene a la memoria es el actor y dramaturgo Héctor Santiago, desde hace varios años un conocido activista por los derechos de los homosexuales, residente en Miami, quien a pesar de la insuperable experiencia de los campos, ha continuado haciendo su obra en el exilio. Muerto en California el año 1994, René Ariza había nacido en 1940. Dramaturgo, narrador y poeta, obtuvo el premio teatral por su obra “La vuelta a la manzana” el año 1967. En 1971 fue arrestado, confiscada su obra y condenado a ocho años de cárcel bajo la acusación de “diversionismo ideológico”, que el estado avalaba con la obra confiscada en su domicilio al escritor, y nunca publicada por él. Ariza consiguió salir de Cuba un año antes de los hechos del Mariel amparado en una de las periódicas amnistías políticas que el señor del feudo concede a un visitante extranjero, como dádiva de su generosidad y señorío. Hoy existe en Miami un instituto que honra su memoria y con ella la de quienes en suelo extraño, pero acogedor, siguen haciendo obra de cubanía.

No querría dejar de mencionar una obra particularmente importante en la dramaturgia cubana de las últimas décadas, la pieza titulada “Exilio” del dramaturgo, poeta, narrador, ensayista y editor Matías Montes Huidobro, en la cual el personaje de Ruben, homosexual que ha sufrido la llamada “parametrización de las artes” en la Cuba de los setenta constituye el resorte principal que mueve la acción. La circunstancia de que un personaje de tales atributos constituya el eje escénico de una obra que trata del exilio cubano, es particularmente significativa dentro del teatro isleño en general y en la dramaturgia del teatro cubano que se escribe y se hace fuera de Cuba en particular. Un indicio indudable de que, si bien los prejuicios tradicionales juegan indudablemente su papel en la preterición y la burla de los homosexuales, fue la política represiva del régimen de Castro quien creó e institucionalizó unos mecanismos represores que, sin estar dirigidos exclusivamente contra los homosexuales, tenían y siguen teniendo a estos como blancos preferentes, a pesar de que en uno u otro momento el discurso oficial eche mano a sus megáfonos para confundir a quienes se dejan confundir siempre con el lenguaje de antípodas de que nos habla Orwell en su novela 1984.
Los nombres a que he hecho mención, comenzando con Tristán de Jesús Medina hasta llegar a nuestros días, corresponden a los de quienes fueron los pioneros de una ética y de una estética de inconformidad libertaria en la literatura cubana, es decir, los de unos pioneros que no serían como el Che Guevara habría querido que fueran.

No he prometido hacer una nómina completa de ellos, ni siquiera de los escritores y artistas como Zoe Valdés, cuyo interés o proclividad sospechosa por el tema de los homosexuales y la mariconería es conocido. Pero no podría cerrar estas líneas haciendo omisión de algunos nombres que me son familiares, admirados o queridos: los de los poetas Jesús Barquet y David Lago González, en quienes la conciencia que pudiéramos llamar homosexual es no sólo consustancial a la sensibilidad poética individual, sino que no se desgasta o desfigura en un fallido afán de ocultación; o los de los narradores Carlos Victoria, recientemente fallecido, y autor de una poderosa obra narrativa, quien sufrió en Cuba encarcelamiento y la confiscación de su obra escrita hasta entonces; Roger Salas, Luis de la Paz, José Abreu Felippe, cultivador éste de una narrativa erótica poderosísima, o Eduardo Núñez, autor de la novela Con las alas puestas, de reciente edición. Casi todos ellos cuentan ya con una vasta obra de gran mérito artístico en la que campea por sus respetos una estética que refleja esa sensibilidad homoerótica a que me he referido, que es en esencia correspondiente de una ética y una estética libertaria. Una estética, vale decir, que no difiere en este sentido de la que caracteriza a un Genet o a un Gide o a un Oscar Wilde o un Cernuda por mencionar en cualquier orden algunos nombres fácilmente identificables.

Dejo aquí, este resumen imposible que se me encomendara, y agradezco nuevamente a los organizadores y patrocinadores la invitación a participar de estas históricas jornadas por la libertad, por Cuba y por los homosexuales, y a ustedes todos, la paciencia, y la atención con que, a pesar de la fatiga, me han escuchado. Muchas gracias.