viernes, 26 de octubre de 2007



Elogio de Camagüey






La cuartería

a Luis Sánchez Curbelo, camagüeyano



Los dos batientes de la puerta
se abrieron para dejarme penetrar en la noche de la eternidad más recordable por alma alguna, y, como mirando dentro de un baúl, los destellos de las gemas empañaron los ojos del sorprendido.

Caminé con el sigilo del miedo, anduve con la precaución de la sorpresa, y descubrí que lo precioso de las piedras se materializaba en pobres filamentos colgando de los cables en los que las moscas habían muerto deslumbradas también por el espejismo de la luz.

Estaba en la calle más larga de la ciudad: la que une la partida hacia Oriente y Occidente y la que se pierde entre los bucles de Henry Morgan;
la que nunca está y la que siempre ha estado;
la que te vio llegar y la que te vio partir,
desde la huida del mar hasta el escondite en la sabana bajo el manto silencioso y cómplice de la luna llena.

Los dos batientes de la puerta
dieron paso a un laberinto de puertas que desprendían voces de madres chillonas; negros barrigones ordenando silencio; escuálidos viejos bajo sus ralas vestimentas de piel y huesos; decenas de niños sucios jugando en la tierra, sin meditar en las lombrices ni en los mosquitos ni en la viscosa película pendiendo de sus narices; ancianas cosiendo apaciblemente, meciendo apaciblemente sus comadritas bajo la mortecina bombilla, ignorando las cigarras que acudían a la luz, de vez en cuando interrumpiendo la labor para dejar caer todo el peso de sus años sobre el negro insecto escurridizo que sobre la acera improvisada quería burlar su ojo atento.

Los niños
jugaban a decapitar las esperanzas*, haciendo que ambas cabezas se mordieran para tirar de ellas violentamente: ganaba aquél cuya cigarra decapitara a la otra. Como cuando los corsarios alcanzaban la ciudad, ganaba el primero en cortar la cabeza del otro: los niños han seguido la costumbre y nadie nunca jamás tuvo que contarles la historia de la sangre.

La sangre
huele a aguardiente y marihuana; huele a axila nocturna del estío, a vulva sin agua, a falo con fana; huele a maicena y bicarbonato; huele a queroseno quemando mechas; huele a reverbero y alcohol y café de contrabando, y la calle más larga de Camagüey, donde nace y muere su historia, que sangra desde la primera noche y sangrará la última, lleva el nombre de un santo.

Los dos batientes se abrieron
para dejar que el sorprendido descubriera la espesura de unas vidas que retumban en los cuartuchos a los que la mano del foráneo no llama porque no hay timbres ni aldabas ni nudillos lo suficientemente interesados en mancharse con la sangre de esta historia de criminales y ladrones y adúlteros y fulleros y piratas y putas y amujerados y viejos y hombres y niños hechos pueblo, y como parte indisoluble del mismo pueblo todos seguimos a Melquíades ―aquel hermoso filibustero cojo recién salido de prisión― hasta la habitación que cerraba como un candado el baúl de aquel tesoro, y saciados todos de ron y hierba, nos sorteamos en silencio su cuerpo, a la manera de nuestros antepasados, y ganó aquél que nos cortó las cabezas para tenderlas a los pies de San Ramón con el debido agradecimiento.


(Madrid, 14 de diciembre de 1999)



*Cubanismo por “cigarra”.









Los dos sillones



La ciudad tiene dos sillones,
y cada uno de ellos, como dos funcionarios, tiene su cometido y su uso:
en el uno se lee, en el otro se escribe.

La utilización que el azar les atribuyó no es canjeable, entre otras cosas, por simples cuestiones naturales:

al sillón de la lectura

la luz le viene de la derecha, cuando se abre el ventanal que da a la calle;

el sillón de la escritura

permanece en una semi-oscuridad, sólo aliviada por la timidez con que ese mismo sol se arrastra desde el patio interior hasta el cedro y la caoba del salón, y no necesita más, porque su luz viene de otro interior mucho más profundo.

Sólo hay un momento en que entre ambos es establece una cierta comunicación y es cuando la gran bola roja se despide cada atardecer filtrándose por los distintos colores de los vitrales y jugando sobre las baldosas del suelo con curiosas formas indescifrables.

Tal vez en ese descanso el sillón de la lectura le cuenta a aquel que escribe lo que ha leído durante el día y el otro toma apuntes en silencio.

Quien en ambos se ha sentado nunca ha podido encontrar otra vez tal complicidad entre dos objetos ―aparentemente― inanimados.


(Madrid, 26 de diciembre de 1999)






La estrella de la infancia




Desde el umbral un hombre está mirando.
No reconoce ya su propia casa.

Boris Pasternak


La pelota que arrojé de niño mientras jugaba en el parque aún no ha llegado al suelo.

Gesualdo Bufalino



Fue entonces que lancé una estrella de mar a la azotea.
Mis cortos brazos
lograron sobrepasar aquella altura inflada por el mágico arquitecto
para que el denso calor del trópico se pegara al techo,
tan lejano como la noche,
y nos dejara transitar el día ardiente
como escondidos bajo la rugosa hoja de la begonia gigante.
En aquel tiempo no sabía que una estrella de mar
era un animal tan simple como yo.
Firmemente creía que era una estrella
que del cielo se había desprendido,
cayendo al agua, dentro del agua también infinita y mágica
y al lado de los corales, las algas y los sargazos
había reducido su inmenso tamaño
para pudiéramos llevárnosla como trofeo.
Patio y sol, inclementes con todo aquello que no se moviera,
las cinco puntas comenzaron a arquear como las zapatillas de un arlequín,
y creyendo que la enviaba a su propia casa, la devolví al cielo.
Sólo alcanzó el tejado.
Desde abajo me quedé mirando, esperando que de la noche
algún brillo adicional me diera alguna señal de su llegada,
pero con el paso de los días sólo bajaba un intenso olor a mar del sur,
a caladero, a nasa de pescador pobre.
Y me di cuenta que la estrella, como yo,
éramos sólo cinco errantes puntas despistadas, sin muerte ni morada.


(Madrid, 21 de Mayo de 2000)