viernes, 26 de octubre de 2007



Desde “la región más transparente”* de Cuba




P. ¿Pero si uno no cree en la verdad, qué es lo que puede oponer a la mentira?
R. Ser consecuente con uno mismo. En eso creo que he sido coherente, en no mentirme a mí mismo, en no decir lo que no pienso.
P ¿Y cuántos enemigos le ha reportado?
R. Bastantes. Sobre todo con las memorias. Pero si yo cuento cosas mías que no me gustan, por qué no voy a contarlas de los demás. Me gané la enemistad de personas que consideraba amigas. Eso me decepcionó y me demostró que la gente es muy vanidosa, frívola y sin…
P. ¿Sentido del humor?
Q. También. La literatura sin sentido del humor es un sermón. Y la gente sermonea mucho.

José Manuel Caballero Bonald
(entrevista – Babelia, El País, 22 de octubre de 2005)



Pasa, pasa. Hola, qué tal. Si te parece, vámonos a la cocina… es decir, al comedor. En las casas cubanas tradicionales (ésas que iban desde las mansiones coloniales hasta las que copiaban la referencia de la distribución y funcionalidad, tanto objetiva como subjetiva, de los distintos habitáculos), cada cosa tenía su razón de ser.

Me parece que los cubanos no nos saludábamos con el “hola” español, pero, por más que trato de rebuscar en mi memoria, no puedo encontrar aquella expresión con que recibíamos o devolvíamos, o viceversa, al abrir la puerta de la calle, o al encontrarnos al visitante en algún punto de la casa porque ya la puerta permanecía abierta, privatizada la vida del morador por un simple gancho que el visitante de confianza alzaba y se adentraba en nuestra isla privada como “Pedro por su casa”. Y quien portaba atributos de extraño o simple conocido, aun cuando franquear aquella frágil frontera entre lo público y lo privado, entre el respeto concedido y ganado trocado en confianza y ese otro que aun esperaba a recibir tal honor, fuera tan fácil como respirar, llamaba al timbre o a la aldaba y esperaba pacientemente a que se le diera paso. Pero es curioso como uno olvida cosas tan habituales después de pasar muchos años fuera de un mundo que una vez conformó una etapa que en muchas ocasiones creímos vida eterna; también lo es lo contrario: la claridad de la memoria, o de los significados de los acontecimientos, de las palabras, de los misterios (“la distancia me ha hecho comprender… tantas cosas… de tu querer…” cantaba Meme Solís por aquellos conmovedores e inocentes años). En fin, que no estoy simulando, figurando o cometiendo “extravagancia” alguna (por entonces, delito oficial que tantas veces nos fue aplicado a buena parte de nosotros): simple y llanamente, no me acuerdo.

Pero aun así, ven, sígueme. Vámonos a lo que en la morada cubana representaba “la región más transparente”, aunque me pese un tanto o bastante, ya no sé muy bien, tomar prestada tan linda frase al compañero mejicano Fuentes por sus repetidas defensas de la política estatal cubana cargadas de tanta maligna ignorancia (y dejémoslo ahí, saquemos el manto de la piedad, no tanto para protegerlo a él sino para envolvernos nosotros bajo ese tejido y que siga el musgo creciendo sobre nuestra piel a modo de coraza… débil coraza, como esos helechos que se empinan sobre las tejas que dan al alero). Las casas cubanas de la construcción anteriormente aludida, por lo general, estaban formadas por una sala (de mayor o menor dimensión, según el rango del conjunto) y una saleta, con frecuencia sutilmente divididas por columnas decimonónicas situadas a ambos extremos; seguía, entonces, a un lado, una primera habitación y un pequeño espacio, más recoleto, pero abierto a un pasillo o patio interior donde crecía todo tipo de plantas; a todo lo largo de este espacio florido, del lado de allá o de acá del consabido tabique, se sucedían habitaciones y cuartos de aseo, en plural o singular. Todo aquel sendero confluía en un banco de arena formado por la cocina-comedor. El cubano, gran degustador de sabores y placeres (y nunca de sinsabores y torceduras de la placidez, siempre caídas desde arriba como impuesto y ajeno maná sangriento y venenoso), quería tener los del chantar al alcance de la boca y de la mano, cuando la intervención de ésta se hiciera necesaria. Los cubanos queríamos tener lo concerniente al paladar y al olfato tan inmediato como ambos sentidos y deambular desde la cocina a un comedor lejano a través de estancias alargadas lo considerábamos como una pérdida de tiempo innecesaria. No recuerdo que cometiéramos pecado de sobremesa tan excesivo como el español, pero, sin duda, algo tendrá que ver el referente ancestral, muchas veces directísimo y tan cercano como a un palmo, para que aquel conjunto de mesa, sillas, fiambrera, vitrina y butacas deviniera en el espejo de la intimidad, donde morador y visitante se intercambiaban corazones y pareceres, secretos y comentarios, aderezos familiares, filiales y políticos, reconciliación de disputas y gusanerías que, por el simple run-rún de arrastrarse por la mente, podían tan fácilmente dirigir nuestros huesos a la cárcel.

Así que, por fin llegados a este punto (físico y metafísico), coge una silla y siéntate, no me jodas más. Si quieres música, puedo sintonizar la WGBS o la WYNC. Lo siento (tampoco decíamos tanto “lo-siento”, esa mentirosa formalidad “civilizada” y, por tanto, globalizada), pero aquí no encontrarás ni siquiera Radio Cadena Agramonte, no me importa que las novelas “radiales” (sí, ya sé, lo correcto es decir “radiofónicas”, pero es que éstas, además de ser transmitidas por la radio, eran radiales, como un círculo… vicioso) fueran escritas y actuadas por amigos míos: yo no las voy a oír. Trasladado a algún país “civilizado” (lo civilizado va siempre entrecomillado, no olvidar a Marcusse), es como que yo permita o prohiba fumar dentro de mi casa. No, si quieres escuchar una guaracha o un rica-chá (subderivación musical que no sé a quién se le ocurrió, contagiado seguramente por esa fiebre de un gobierno que todo lo que hace —y nunca llega a terminar— tiene que ser lo más nuevo y lo más grande del mundo: ¿tendrá esto último que ver o derivará quizás de esa obsesión masculina tan cubana por el tamaño de su falo y de la que tan bien dio cuenta Oscar Hijuelos en la primera parte de su novela “Los Reyes del Mambo” —vuelvo a Meme Solís: “la distancia me ha hecho comprender… tantas cosas…”)—, vete a un baile popular de esos que dan en El Platanal, a orillas del Tínima, o en la ribera del otro afluente, que nunca me acuerdo cómo se llama con ese nombre indígena tan largo; allí es verdaderamente donde transcurre la tercera parte de mi poema “…” pero lo situé en el otro afluente. El Tínima es, fonéticamente, un nombre precioso, pero el otro… rompe cualquier ritmo. Esos bailes populares eran como cuadros de Goya pasados por Wilfredo Lam (Portocarrero tiene colores más alegres y aquí todo es más tortuoso y monocromático: del negro al gris) y narrados por el songorocosongo profundo y amaneradamente engolado (es lo que hacían los maricones cubanos cuando tenían que realizar alguna gestión oficial) de Nicolás Guillén, camagüeyano también, de la calle de Cristo, que conduce a la iglesia y el cementerio.

Los cementerios, tanto el de Colón en La Habana como los de las capitales provinciales suelen ser hermosos, majestuosos. El de Camagüey también lo es –o lo era, no sé--. La parte antigua, según se entra, a la izquierda, seguirá custodiada por la humilde cruz a la sombra de un ficus y el bello epitafio que escribió, según la leyenda, el barbero y fiel enamorado-pero-pobre a la cortesana:
“Aquí Dolores Rondón
finalizó su carrera.
Ven, mortal, y considera
Las grandezas cuáles son,
El orgullo y presunción,
La opulencia y el poder,
Todo llega a fenecer
Pues sólo se inmortaliza
El mal que se economiza
Y el bien que se pueda hacer.”

Pero yo prefiero uno que hay más adentro. Escueto, casi mudo, pero tan trágico que estremece. Sólo dice:

“¡Ay, Rogelio!”
La precisión del dolor. La impotencia tiembla. Las palabras sobran.

También había parejas que se metían en el camposanto a hacer cochinadas y no únicamente de un solo sexo, que suelen ser, según dicen, los más depravados.. Todavía no estaba de moda “lo siniestro”, a no ser por aquella loca de La Habana, que vivía rodeada de carabelas y peronés y velas corrientes y nada perfumadas, que son también parte de la globalización. ¿Te has dado cuenta, por las películas (me niego, incluso bajo tortura, a decir “peli”) norteamericanas, cómo les gusta tomar un baño a la luz de infinitas velas? El “bill” del siguiente fin de mes debe ser cuantioso…

Ahora cuesta un dólar o dos entrar al cementerio… Ni cuando “los americanos”, que nunca los vi. Y a pesar de eso, creo que se roban todo. Bien hecho; en definitiva, desde la conquista no nos han acostumbrado a otra cosa que al expolio. De tal palo, tal astilla. Por otro lado, también cobran por entrar a la Catedral de Cádiz, no importa que pagues el diezmo correspondiente del Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas, y si lo hace la Iglesia, por qué no lo va a hacer la sacra institución del comunismo, que cada vez se reivindica más.

¡Ay! Perdona, se me ha olvidado hacer café. Habrás pensado qué descortés se ha vuelto David… Yo (ya no) me río y se me revuelve hasta la última gota de bilis cuando todavía alguien me dice en España: “como tú eres cubano, sabrás mucho de café”. Es como contestarle “y como tú eres español sabrás mucho de castañuelas”. Así que yo te lo voy a preparar a la vieja usanza (comunista por las circunstancias) y no como si estuviera en España (en realidad no sé dónde estoy, si es que estoy en alguna parte o si es, simplemente, que “estoy”). Aquí está el jarro. El jarro no es uno de esos esmaltados, pobrísimo, que se compra en cualquier ferretería madrileña de barrio, sino algo ingenioso, hermosamente artesanal, pura y correctamente artesanal y de precio más que justo: es una lata (imaginemos que fue de melocotones en almíbar DelMonte) a la que se le ha soldado un asa “hand-made” sacada de otra lata de algo: felicidad, veneno, infancia, desconocimiento. De un cuerpo sale otro, como la creación de Adán, ni más ni menos; por eso los cubanos estamos tan cerca de Dios… Ese jarro ya contiene el agua con la borra (posos) del café que se coló ayer. Lo pongo a hervir sobre una de las hornillas (fuegos) de la cocina eléctrica que conservamos de nuestro pasado burgués y que de tiempo en tiempo logramos reponer gracias a Rafael de la Torre, tembloroso antílope que trabaja en el Combinado de Efectos Eléctricos y que hace dos años fue asesinado en New York. Hervir este pre-café nos permite echar menos polvo de café al preparado, y el azúcar lo añadimos al segundo hervor. Al tercero retiramos la lata del fuego y vertimos su contenido en el cedazo o coladera que cuelga de ese artefacto casi diseñado por Michelangelo, en cuya base colocamos la vieja y noble cafetera de aluminio. No he aclarado que el café corresponde a las dos onzas semanales o quincenales que recibíamos por la libreta, mezcladas al café de contrabando que se había comprado arriesgando nuestra libertad según las Leyes Revolucionarias. Este café era robado in situ, recogido con prontitud y anticipación (es decir, verde y húmedo), puesto a secar al sol en el patio, tostado en un caldero de acero o en el horno (privilegio de haber sido burgueses) y hecho polvo en el molino (artesanal, ecológico, de muelas, bello, romántico y decadente) que nuestra vecina Emilia prestaba a todo el barrio. Como todo el mundo hacía lo mismo, era de las pocas cosas de las que estábamos seguros que no seríamos denunciados por ello. Ya puedes tomarte el café. Hemos pagado “el precio injusto” de la obsesión vacía y carente de talento de lo novedoso; hemos sido el huevo de aquel primero o segundo spot publicitario de la Revolución, con el que pretendieron dar una sensación de continuidad y al mismo tiempo de fractura, perpleja despedida de una vida que ya nunca más sería la misma (“compre lo que se anuncie: el producto que se anuncia ayuda a Cuba”; el producto anunciado eran huevos, tan de modo ahora con la gripe aviar.) Nos metíamos en un trémulo nacionalismo dirigido e impuesto (la idiosincracia es espontánea) para luego pasar a ser feroces bolivarianos pre-chavistas (para eso teníamos al Che: su peronismo y argentina soberbia no le permitieron jugar a las guerrillas en su país); después internacionalistas pretendidamente aguerridos (oportunistas y temblorosos súbditos de una negativa a la teocracia), para volver a tomar con desatino y ceguera las riendas del nacionalismo y al cabo de no sé cuántos años (¡Fidel tiene 500 años y 1000 nosotros!) comenzar otra vez la vuelta de la noria, empújala con el pie en la tierra, súbete antes de tome mucha velocidad, no te marees… (empuja al que va delante de ti, no sabes lo divertido que es…)

Todo da vueltas, sí. Y como los guardianes del mundo han desaprovechado tan mal los escarmientos, retorna la inocencia, la utopía, la lejanísima luz parpadeante de la justicia por allá por un horizonte que da la vuelta al Globo: ¿quieres más café?

No hay fractura dramática de importancia y trascendencia vital que no genere de inmediato su antítesis. Así, la lentamente galopante y finalmente cristalizada “globalización” ha generado de inmediato su contrapunto: la globalización minimalista. Numerosos nombres podrían utilizarse para el bautizo: regionalismo globalizado o globalización regionalista, globalización del nacionalismo, globalización del absurdo o el absurdo globalizado. Todos los sufismos (“ismos”, “istas” o la terminación “ción”), son susceptibles de engrosar lo que el escritor Martin Amos definió como el mayor peligro de la globalización: el infantilismo, la planetización de la estupidez.

¡Pero te serví el otro buchito y aún no te lo has tomado! Ya debe estar requetefrío. Espero, que te lo caliento en un momento al baño de María. El café nunca debe recalentarse, de ninguna manera, pero si hay que hacerlo (¡el Olimpo ordena!), que sea mientras María se baña… así matamos dos pájaros de un tiro.



(Madrid, 28 de octubre de 2005.)



*Título homónimo de la novela de Carlos Fuentes
*imagen_Flora Fong, "Éxtasis de la colada criolla".