viernes, 29 de agosto de 2008

Waiting for Gorki

 

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Esta espera, vivida tan de lejos, por el desenlace de la turbulencia de estos últimos días en torno al cantante del grupo de punk-rock cubano Porno Para Ricardo, detenido y “a la sombra de” su inminente enjuiciamiento por “pericolosi oggetto di potenzialità”, me ha hecho recordar otras esperas por las que ha transitado nuestra vida.

Por una parte, pienso en el absurdo que estoy cometiendo al preocuparme y seguir con mucha y aberrante frecuencia el goteo de noticias que llegan desde La Habana por alguien cuya música y formas no comparto. Apenas los he oído unos segundos pues me parecen de un mal gusto alucinante y poco me importa que griten contra Fidel o contra Aznar. Nunca llegué al punk, mi auto-destrucción ha ido por otros cauces distintos a la de Syd Vicius y ni siquiera llegué a sentir total simpatía por Alice Kooper o por Kiss en aquellos primerísimos pasos de tal desconcierto. Pero llevo dos días viajando por el éter básicamente entre dos paradas en el espacio: Penúltimos Días y el Blog de Zoé Valdés.

Por otra parte, tampoco estoy de acuerdo con todo lo que se dice. Y a pesar de Gorki Águila y de cualquier otra cosa que venga, sigo detestando la palabra “héroe”, tal vez por el daño en mis neuronas ocasionado por la repetición sistemática de “héroe de la patria”, “héroe de la zafra”, “héroe del trabajo”, letanía que me hace trasvestirme en Tina Turner y cantar “I don’t want no heroes...” para auto-defenderme de peores consecuencias.

Inevitable, pues, que asocie este “esperar a ver qué pasa” —¿qué va a pasar?— con la remembranza de otras ocasiones en que también la vida se ha detenido un poco, por culpa de la arbitrariedad de políticos que no son más que obviedades necesarias de un sistema, y ha habido de aguardar a ver si continúa la vida o a ver en qué forma se manifiesta la continuación de la existencia, con qué cambios, con cuánto más de nosotros, dejándonos cuánto menos de nosotros de intentar seguir siendo personas.

¿Cuándo fue la primera vez?

¿Cuando mis padres me dieron la opción de decidir si me convertía en un Peter Pan o esperábamos —“esperábamos”— tiempos mejores para salir todos juntos?

¿Cuando me expulsaron del primer curso de la secundaria por haber revuelto el aula y siendo menor de edad querían mandarme a la UMAP?

¿Cuando el juicio de Benny y Larita y René Cifuentes y Carlos Alonso y todos ellos, que veíamos desde el balcón trasero de la Casa Teatro y años más tarde Carlos Victoria “nos” contó en La Travesía?

¿Cuando denuncié a un supuesto colaborador de la CIA que en la beca de Siboney me propuso trabajar para la causa y yo fui un atardecer al chalet mansión de una mujer llamada Viola que dirigía aquella escuela?

¿Cuando me retiraron la beca de filología inglesa por haber sido “peligroso” antisocial que leía sentado en las columnas del instituto de bachillerato de Camagüey?

¿Cuando llamó a mi casa una voz de loca desenfrenada para decirme que Carlos Victoria estaba en los calabozos de la policía en La Caridad?

¿Cuando Emilia y yo esperábamos a que nos dejaran ver a Carlos, y Carlos salió con la ropa rota y golpes en la cara?

¿Cuando detuvieron por primera vez a Nikitín, y el padre de la hermosísima María Antonieta Castelló, por quien todos suspirábamos, le defendió?

¿Cuando lo detuvieron otra vez y lo metieron en Kilo 7, y fuimos Olga Lastre y yo en una de esas cosas que se llamaban “máquina de alquiler” hasta la misma puerta, y yo me quedé del lado de la libertad (sí, libertad al fin y al cabo) sin olvidar la expresión de pánico de aquella maravillosa madre? Una tapia enorme de hormigón, como la escalera al cielo de Led Zeppelin que nunca conduce al cielo.

¿Cuando esperaba para ser expulsado de la Universidad de Camagüey?

¿Cuando a Carlos lo detuvieron por segunda vez por haber olvidado denunciar a unos chicos que le pidieron que se uniera a ellos para escapar del país?

¿Cuando, gracias a la benevolencia revolucionaria, la falta se cambió por el seguimiento quincenal que le hacían en su centro de trabajo, presidido por un compañero de apellido Figueredo que ocupaba la mansión de los Rodríguez, a cien metros de mi casa, lo cual lo convertía en mi vecino?

¿Cuando a CarlA Lanza y Queta Pando las detuvieron y las condenaron a un mes y un día, acusadas de patear latones de basura a lo largo de la calle Medio?

¿Cuando a Queta Pando y a mí nos sacaron de MI casa, donde además estaban mis padres, por habernos visto entrar dos hombres juntos por la madrugada?

¿Cuando en las gradas abandonadas del antiguo Club Atlético, encendieron todos los focos hacia nosotros y nos rodearon 50 hombres armados con pistolas y metralletas para preguntarnos que hacíamos allí?*

¿Cuando nos llevaron a ser expedientados e interrogados en Villa María Luisa por los Truca Pérez papers?

¿Cuando años después tuve que acostarme con el mismo agente de Lacra Social que me había interrogado en el instituto y yo esperaba que de un momento a otro me detuviera?

¿Cuando visitaba la Oficina de la Escoria?

¿Cuando esperábamos los actos de repudio?

¿Cuando una compañera de la Reforma Urbana, al yo negarme a pagar el resto de la casa propiedad de mis padres, me dijo “pues por mis cojones te voy a joder la salida”?

¿Cuando tuve que ir a ver a un personaje extrañísimo y misterioso que me salvó de tal anormalidad?

¿Cuando viajábamos a alguna parte, cuando íbamos, cuando veníamos, cuando nos quedábamos sentados en un parque mirando las estrellas y un policía nos pedía “identificación” y nos decía “espere aquí”.

Espere aquí.

Espere aquí.

Y si ya no esta aquí, siga esperando allá.

Espere por otros, que es igual que esperar por si mismo.

Que todo es lo mismo.

Que al fin y al cabo, espere, y desespere.

¿Acaso no tiene que esperar por la muerte?

 

(Madrid, 29 de agosto de 2008)

© David Lago González, 2008.

 

*botellón

3 comentarios:

Constancio Baraguá ( alias Cuco) dijo...

Emotivo, David. Del carajo todo lo que relatas. Un abrazo.

Anónimo dijo...

Por eso pasamos todos David y aun así hay que seguir esperando...
Besos Kuka

ACRey dijo...

Hay cosas que parecen (y sabemos) ciertas, pero resultan increíbles.

Un saludo.